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hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

jueves, 16 de diciembre de 2010

Comentarios sobre el artículo de Luis Fuenmayor Toro “El problema indígena”

Esteban Emilio Mosonyi

Para comenzar, me parece excelente que un intelectual de la estatura y significación nacional del profesor Fuenmayor le dedique un artículo a la problemática indígena, más allá de cualquier análisis que podamos hacer de los conceptos emitidos en el mismo. También merece encomio el lenguaje académico, de altura, que no cae en la diatriba violenta, en graves descalificaciones o la burla socarrona tan común en estos casos. Por otra parte, hay en sus párrafos algunos aciertos, los cuales dan testimonio de su buena fe y el deseo de solucionar problemas. Todo esto orienta mi respuesta en una dirección cónsona con un debate serio, reflexionado, tal vez conducente a una mejor comprensión mutua y aun más allá de la mera interlocución como tal. Dicho esto, trataré de señalar unos hechos y esbozar argumentos con el interés exclusivo de contribuir a esta importante temática desde mi perspectiva, a base de un largo trabajo de muchos años y esfuerzos que según mi percepción no han pasado en vano.

Habría muchos puntos que tocar, quizá demasiados para una toma de posición breve y sintética, por lo que me concentraré en lo aparentemente primordial. Ante todo, se me dificulta comprender el por qué el doctor Fuenmayor hace una dicotomía algo maniquea entre indios o indígenas por un lado y venezolanos por otro. Es verdad que la mayoría cuántica de nuestra población actual ha devenido en mestiza, hispanoparlante, incluso cristiana; pero en Ciencias Sociales lo cuantitativo no es lo único relevante –véase la escasa proporción, por ejemplo, de poetas o inventores que se destacan en medio de las multitudes– y menos aun cuando se trata de culturas y herencias culturales enteras, las cuales constituyen las configuraciones básicas que representan lo esencial de la diversidad humana, hoy día reconocida y proclamada por una imponente normativa supranacional, auspiciada por las Naciones Unidas y organismos adscritos. En efecto, la mayoría de las sociedades –nacionales, estatales o de carácter análogo– son pluriétnicas y nuestro país está reconocido como tal, en forma inequívoca, por la Constitución Bolivariana de 1999. Respetando la condición revolucionaria de este ex-rector y hombre público, considero no obstante reaccionario excluir a los pueblos o naciones indígenas de la venezolanidad, creando una oposición artificial y ficticia entre supuestos intereses de estos pueblos y la nación como un todo. Gran parte de los investigadores coincidimos, por el contrario, en el papel que han jugado estas sociedades originarias ya no solo en la conformación, mantenimiento y defensa de la región amazónica y otros ecosistemas frágiles pero imprescindibles para la vida del planeta, sino también en resguardo de nuestra soberanía como país, al constituir poblaciones estables y bien arraigadas en su terruño. No me canso de reiterar en mis intervenciones públicas que si la Cuenca Amazónica hubiese sido intervenida, poblada y “desarrollada” conforme a patrones occidentales propios de la Modernidad, ya el mundo que conocemos se habría extinguido hace tiempo por falta de aire, agua y biodiversidad: deberíamos estar agradecidos a los pueblos indios y a los campesinos tradicionales por no haber arribado todavía a esa debacle, aunque la amenaza está siempre latente.

Otro punto que quiero enfocar es el relativo a la visión peyorativa y enteramente carencial que el doctor Fuenmayor tiene de las comunidades autóctonas, en particular las venezolanas. Él habla en forma excluyente de atraso y falta de desarrollo, negando de manera implícita la creatividad ínsita en esa megadiversidad de formaciones societarias, así como todos los aportes reales y posibles que vayan desde el mundo indígena hacia el conjunto del pueblo venezolano. No se sensibiliza ante los múltiples aspectos, hoy día apreciados a nivel mundial, de su cultura material; ignora olímpicamente a figuras indígenas descollantes como el pütchipu’u o palabrero wayuu, en este momento candidateado por Colombia a la categoría cultural de Patrimonio de la Humanidad; su etnociencia botánica y farmacéutica lamentablemente codiciada por universidades extranjeras y compañías transnacionales; sus innúmeros idiomas y oralidades, también de carácter patrimonial.

Aquí me veo obligado a hacer una ligera digresión, y me dirijo a mi interlocutor en tanto académicos y universitarios que somos. En mi condición de investigador social, trato siempre de opinar –en modo alguno abstenerme de hacerlo– sobre temas de salud, ingeniería u otros tópicos fuera de mi alcance inmediato documentándome y asesorándome al máximo con los expertos en la materia. El profesor Fuenmayor pareciera más bien subestimar a mis colegas y sus aportes al criticar sus investigaciones y capacidad profesional sin profundizar en la difícil temática que ellos abordan, con todas las limitaciones humanas, claro está. Señala entre sus observaciones que pecamos de unilateralidad al criticar tan solo la Conquista europea y hacernos los sordomudos ante el comportamiento agresivo de los imperios mesoamericanos y andinos. Tal generalización no tiene fundamento; existe una amplísima bibliografía sobre ambas vertientes históricas. Habrá que agregar también que los conquistadores europeos, en especial los españoles, ingresaron en este Continente con la idea fija de pulverizar las estructuras socioculturales de todos estos pueblos, guiados por ideas “salvacionistas” y una extrema intolerancia religiosa que aspiraba a “no dejar piedra sobre piedra”: tanto fue así que lograron en buena parte su objetivo. Exhibieron una conducta similar al ejército romano cuando Escipión El Africano –estimulado por la frase de Catón El Censor “delenda est Carthago” (hay que destruir a Cartago)– terminó arrasando la cuidad y sus alrededores rematando su fechoría al cubrirla de sal para que nada creciera a futuro en ese lugar. Sin dejar de tomar en cuenta la diferencialidad de valores que privan en cada cultura y época, no querría llegar al extremo de considerar menos genocida la política de la Roma imperial o de la España colonial que la de la dictadura hitleriana u otras similares de la contemporaneidad.

Mención especial merece la opinión del profesor Fuenmayor sobre la jurisdicción indígena, también prevista por la Constitución. Él afirma que esta debiera someterse a un consenso nacional, cuyos actores no están bien definidos. Lo que se trasluce más bien es el hecho de que en su horizonte ideológico prevalece la ya vencida dicotomía de “ellos los primitivos y nosotros los civilizados”. Por un lado, se le escapa que entre indígenas se busca la resolución de problemas por vía de la persuasión, mediación, diálogo y compensación, frente a la draconiana “justicia” occidental basada en la violencia estatal, la privación de libertad y el ostracismo de por vida de cualquier ciudadana o ciudadano inculpado. Esto es particularmente válido para países como Venezuela, donde –cuando no prevalece la impunidad– la cárcel significa todavía una pena limítrofe con la condena a muerte, la supresión de los derechos humanos fundamentales y la definitiva destrucción de la persona. Entonces, lo lógico sería una postura intelectual proclive a la interculturalidad, pues está demostrado lo mucho que pueden enseñarnos los indígenas en este campo: sin olvidar que el indio sometido al presidio –y además discriminado– en virtud de su propia cultura e idiosincrasia, raras veces se recupera de ese terrible trauma.

Comparto la insistencia del colega Fuenmayor en delimitar las tierras de los pueblos originarios, resolver sus problemas más acuciantes y atender justamente a sus necesidades, preteridas durante siglos, mas esta vez dentro del mayor respeto otorgado a sus culturas y tradiciones. Admito igualmente que, pese a las dificultades señaladas, es ineludible realizar las decisiones en forma consensuada, aunque no exactamente en los términos que propone Fuenmayor. En este momento el mayor obstáculo es la política dogmática y autoritaria del Estado venezolano, la cual pretende minimizar el otorgamiento de tierras y reducir las comunidades a meras dependencias del poder centralizado y difusor de un “socialismo” ultradesarrollista y tecnoburocrático. De cualquier modo, la cuestión crucial que se nos plantea consiste en las dimensiones y características de las tierras y territorios que habrá de otorgárseles a los yukpa y demás pueblos aborígenes del país. Según la Constitución y otros Convenios suscritos por la República, esas tierras tendrán que ser espacios continuos, no los parchecitos de remiendo que se estilan en las fallidas demarcaciones actuales. Por otra parte, aun cuando es imposible la recuperación de todos los territorios ancestrales, su extensión deberá ser suficiente para responder a las necesidades propias de cada cultura, a las economías mayormente itinerantes que no admiten la explotación intensiva y simultánea de la Madre Tierra, así como a la existencia de espacios sagrados no negociables para la historia, cosmovisión y espiritualidad de cada uno de estos pueblos.

Será, por tanto, necesario rescatar un asunto tan complejo e importante del ámbito exclusivo e impenetrable del poder estatal, el Ejecutivo por más señas. Ahora bien, si todos tenemos derecho a que se ventilen los distintos aspectos de esta problemática, es cierto que los más capacitados para contribuir a una solución efectiva y equitativa –siendo ellos los dolientes desde el inicio de la Conquista– son los propios indígenas, quienes desde años atrás vienen haciendo sus autodemarcaciones territoriales, que en buena lógica habrán de ser el fundamento de una decisión justa, respetuosa de la historia y cultura de estos pueblos y comunidades. También tiene peso específico el conjunto de investigaciones realizadas por científicos y profesionales dedicados a la causa. Como nada es definitivo ni inapelable serán bienvenidas las opiniones y, mejor aún, los conocimientos de otros sectores e incluso individualidades no necesariamente dedicadas al tema indígena, en su condición de ciudadanos venezolanos. Sea como fuere, hay algunos puntos que no se podrán obviar. La continuidad futura de las culturas indígenas, aun modificadas por el contacto permanente con el resto del país y del mundo, demanda tierras y territorios de una significativa extensión geográfica. Pero eso no iría en detrimento de la nación venezolana como un todo, dada la extrema sensibilidad y vulnerabilidad ecológica de la mayoría de las zonas donde se desenvuelven comunidades autóctonas.

Tenemos inclusive un ejemplo muy cercano a nosotros, aunque no único: la demarcación que está a punto de culminar la República Federativa del Brasil. Sin ignorar una cantidad de intereses contrarios a dicho proceso, el alto Ejecutivo del país líder del Continente ha optado –ante el asombro de numerosos ciudadanos y de la casta militar muy en especial– por delimitar, como propiedad colectiva de sus comunidades indígenas, extensos territorios en gran parte situados en zonas fronterizas del país. El razonamiento subyacente enfatiza la prioridad de conservar la Amazonía y otros ecosistemas delicadísimos, ahora casi únicos en el mundo, para bien del pueblo brasileño, del resto de la humanidad, de la bio-sociodiversidad allí presente y –no me hace mella decirlo– con el fin de responder cabalmente al desafío universal que implica la supervivencia de todo el planeta. Dicho en otros términos, las comunidades originarias son los garantes a futuro no sólo del equilibrio ambiental sino de la soberanía de este gran país, en tanto formación geopolítica. Ese concepto de “soberanía”, tan utilizado hoy día por todas las ideologías y corrientes de opinión, posee un sentido integral, vale decir, no limitado a lo militar, lo económico; menos aún a lo coyuntural en esa febril carrera por el poder omnímodo, que tiende a soslayar hasta los requisitos mínimos de la sostenibilidad y sustentabilidad. Si no procedemos así, ¿dé que valdría el día de mañana o pasado una flamante soberanía estatolátrica despojada de sus riquezas naturales y humanas, ya desprovista de toda viabilidad presente y futura de manera irreversible?

Con el respeto y solidaridad recíprocos que siempre ha de prevalecer en el seno de la izquierda crítica nacional y mundial, le saluda muy atentamente, Esteban Emilio Mosonyi.