hOY ATARDECÍ PENSANDO...

hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

domingo, 12 de septiembre de 2010

La misión de la próxima Asamblea Nacional (o de su fracción revolucionaria, si la hubiere): comenzar a morir

J.R.Duque

Va la idea principal que mueve estas reflexiones: si en mis manos estuviera el poder de decidir cuál es la misión de la próxima Asamblea Nacional (o la facción de la Asamblea que uno supone o prefiere revolucionaria, o de izquierda, o aunque sea chavista) yo exigiría de los asambleístas que comiencen el proceso de demolición de esa institución y el traslado del poder a la multiplicidad de asambleas de ciudadan@s que podrán conformarse. Ese poder no está en mis manos. Me corresponde entonces mostrar el aspecto y vocación de cosa posible de ese íntimo deseo, que por cierto es el deseo de muchos sujetos libertarios de este país y del mundo: el anhelo de una sociedad que supere la organización convencional (presidente, gobernador, alcalde, consejos, juntas) y se atreva a dejar que la gente se organice territorialmente o en función de saberes e ignorares comunes.
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Tiene su dificultad el responder a la pregunta aparentemente simple: “¿Cuál es la misión de la Asamblea Nacional que será elegida el 26 de septiembre?”. Hubiera sido menos engorroso responder a la pregunta colateral: “¿Por quién y por qué usted votará el 26 de septiembre?”. Fácil: yo votaré por los candidatos del chavismo porque no es conveniente que la derecha antichavista recupere ningún espacio de poder en Venezuela. ¿Y qué hay de la derecha chavista, esos diputados pesuvistas que al cabo de un rato saltarán a su bando natural? Ya de ella nos ocuparemos cuando se digne salir del clóset, y esperemos que eso ocurra rápido y no se dé la bomba que se dio Henri Falcón. Pero ese no es el objeto de estas líneas.

Rebasado y superado otro detalle, como el criterio de autoridad (¿quién soy yo para estar determinando qué debe hacer la Asamblea Nacional?) vale la pena ponerse un poco cínico como corresponde a todos los opinantes habituales: este artículo no pretende fijar, ni crear, ni imponer un criterio o medida de lo que deberán hacer los señores asambleístas una vez comiencen sus funciones, ya que si usted quiere saber eso puede consultar la Constitución y el reglamento interno de la AN. El “problema” es que por lo general las leyes y reglamentos recogen el deber ser en tiempos normales, convencionales; ese tiempo bostezante y fatuo de las sociedades en las cuales el Estado y los poderes hegemónicos (económicos, culturales y religiosos; partidos y sindicatos) forman una unidad monolítica, y los esclavos debemos adaptarnos a lo que hay, y en el más triste de los casos estar contentos de ser esclavos. Las leyes, constituciones incluidas, funcionan o pueden llegar a funcionar sólo donde reina ese concepto de gloriosa normalidad tan caro y grato a los poderosos: abajo, cadenas, gritaba el señor, y el pobre en su choza libertad pidió: los ricos derriban lo que sea a punta de gritos, y al pueblo se le dice que al menos puede seguir pidiendo.

Pero hoy no vivimos ese tiempo fatuo sino el tiempo de una sociedad sumida en un ensayo de Revolución, en una etapa de nuestra historia cuya generación de seres vivos puja por echar las bases para un cambio profundo. Vivimos un tiempo formidable en el cual ese coloso ineluctable que la raza humana llama poder hegemónico, está fracturado: hoy el Estado y el poder económico, cabeza y motor de las hegemonías, viven un proceso de confrontaciones y tensiones. En la jefatura del Estado se encuentra un sujeto que poco o nada le concede a los poderosos de siempre; negocia con ellos, no puede o no se atreve a liquidarlos, pero la tensión está allí y lo bueno de todo esto es que Estado y burguesías no forman ahora la potente unidad destructora de iniciativas libertarias que existía hace una década. Por debajo de ellos, el pueblo oprimido está aprovechando, o al menos ha sido llamado a aprovechar, esa batalla de colosos que sucede “allá arriba”, para desatarse a crear formas de organización “aquí abajo”.

Aunque parezca narrativa fantástica o utópica, es hora también solicitar de los revolucionarios (y aspirantes a demostrar que lo son) la audacia necesaria para admitir que, en los últimos años, el futuro nos ha alcanzado ya varias veces. Hay soñadores que hacen cojonudas y poéticas formulaciones con la esperanza de no estar vivos para cuando sean posibles, pero vaya: las asambleas de ciudadan@s están contempladas en la Constitución vigente, las comunas en construcción contemplan también formas de autogobierno en pequeñísimos territorios. Y, en cuanto a la Asamblea Nacional, ya está dicho, aunque no ejecutado en toda su profundidad, el concepto “parlamentarismo de calle”. ¿Qué cosas tienen que suceder para que el pueblo le meta mano a esa letra muerta y le inyecte vida?

Las revoluciones son actos al margen de la ley y muchas veces contra la ley. El soñador que llevamos dentro nos hace imaginar el momento glorioso en que una asamblea de ciudadan@s irrumpe en el hemiciclo, sede de esa anquilosada y moribunda Asamblea, y se apropia de las funciones de unos diputados que desde ahora, desde antes de ser votados en elecciones, ya son detestados por quienes les entregarán su voto. Todas las consultas y mediciones indican una sorprendente tendencia del votante chavista a desconfiar de los candidatos del PSUV, comparable sólo con el franco rechazo del antichavismo a los aspirantes antichavistas. Conclusión lógica: salvo casos en los cuales sí se ha dado el surgimiento de liderazgos emergentes, nuevamente los venezolanos votaremos a favor o en contra de Chávez el 26 de septiembre.

Pero la soñada toma de la sede de la AN pudiera ser innecesaria o sustituible por otros actos. La convulsión llamada “proceso bolivariano”, esta maltrecha e imperfecta pero querida revolución nuestra, nos otorga derechos y potestades mediante las cuales el pueblo puede ensayar formas inéditas de organización. Respuesta a la primera pregunta del primer párrafo: la misión del chavismo en la próxima Asamblea Nacional será adaptar el funcionamiento de lo que queda de AN a las nuevas formas de organización (comunal y otras). A la AN, lo mismo que la viejo Estado que todavía respira, es morir con toda la dignidad posible (si quiere) para darle paso a otras dinámicas, donde el ser humano pobre le busque salidas al laberinto que está heredando de este mundo gobernado por ricos. Tratar de fortalecer la Asamblea o intentar disfrazarla de “Asamblea Revolucionaria” sería ir contra la corriente histórico-social que moviliza a la humanidad pobre en este siglo. Tratar de salvar la Asamblea Nacional es ponerle curitas a un cadáver que hace rato empezó a descomponerse