hOY ATARDECÍ PENSANDO...

hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

viernes, 4 de junio de 2010

Literatura y emancipación

Clariste Soh Moube, la autora del descarnado relato de “La trampa”, se descubre como una buena escritora (esta es su primera obra) y, como no puede ser de otro modo, pone su pluma o su teclado al servicio de los, como ella, condenados.

De esto hablaba en ese artículo pero otras lecturas, otras experiencias y deseos, me han llevado a plantearme el papel de las mujeres en la emancipación y, en concreto, el de las mujeres escritoras. Leyendo el libro de Lilyan Kesteloot, “Historia de la literatura negroafricana”, he redescubierto algunas claves del papel profundamente innovador de la mujer en el texto literario africano que me gustaría compartir.

En un principio se refiere Kesteloot al papel revolucionario de los escritores hombres que anteceden en más de treinta años a las mujeres en su particular combate con la pluma. Dice de ellos que construyen su discurso en lucha contra el padre, entendiendo por padre la escuela colonial. Estos escritores que empiezan su tarea muy a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta del pasado siglo, fueron en su día los “niños privilegiados” de la escuela colonial y, en muchos casos, los receptores futuros de becas para seguir estudiando en las metrópolis. Algunos, como sabemos, se convirtieron en los cuadros de las independencias que, bien instruidos, repitieron el modelo heredado e inculcado en las aulas de la colonia sirviendo como agentes dóciles a los intereses de sus respectivas metrópolis. Otros, sin embargo, tras un más o menos largo proceso de concienciación y, por lo tanto, de cura, enfrentaron esos fundamentos coloniales que les habían hecho crecer en un idioma que no era el suyo, no desde luego el que hablaban sus familiares, y que de este modo había terminado por usurpar la labor del padre ya que el idioma no sólo oficial sino culto, transmisor del conocimiento, había sido para ellos, abducidos por la escuela colonial, el francés, el inglés, el portugués o el español pero, en ningún caso, el bamanán, wolof, lingala, peul, swahili, bubi, fang o malinké, por nombrar sólo algunos de los miles hablados en sus respectivas casas.

El alumno de esas escuelas, pues entonces no había alumnas, identificaba el idioma del colono con el idioma culto, el idioma sabio. Por contra, el hablado en sus casas, tal y como se encargaba la escuela de inculcarles de manera obsesiva, no pasaba para ellos de un simple y, en algunos casos, despreciable dialecto. No olvidemos que en las escuelas coloniales francesas a los alumnos indígenas, los alumnos negros, se les hablaba de sus ancestros ¡¡los galos!!. Fácil resulta deducir de ahí la migración/sustitución del papel de padre del progenitor a la escuela.

Por todo ello cuando, tras vivir en las metrópolis, estos escritores se acercaron a los textos y a los contextos de la emancipación y de la lucha anticolonial, comprendieron la alienación a la que habían sido sometidos y se volcaron a través de la literatura en una lucha sin contemplaciones contra el padre, en este caso la escuela y por ende la colonia. Esta lucha contra la violentada figura paterna, les llevó a reconciliarse con el África tradicional y a identificarse con el papel que a las madres habían otorgado movimientos anteriores y todavía muy vivos e influyentes como el de la negritud.

Sin embargo cuando, tras un largo período de treinta años perdidos en lo que la propia Lilyan Kesteloot califica como una operación de “analfabetismo programado”, las primeras niñas en acudir a las escuelas en África se convirtieron en las primeras mujeres instruidas, primeras intelectuales africanas y, algunas de ellas, en escritoras, compartieron y comprendieron la rebeldía y la lucha que durante esos treinta años sus hermanos escritores habían protagonizado contra el dominio y la explotación colonial, había sido sin duda una lucha necesaria pero ellas entendieron que su condición de mujeres en el África tradicional les obligaba a dar un paso más, un paso que las llevaría a cuestionar no sólo al poder colonial como habían hecho sus hermanos escritores, sino también los fundamentos mismos de un África tradicional que había hecho de ellas simples objetos sexuales y un valor de cambio en las transacciones matrimoniales.

Los escritores habían combatido con dureza al occidente colonial pero se habían refugiado, de manera acrítica, en los valores tradicionales africanos que por otra parte les otorgaban a ellos un rol privilegiado del que, consciente o inconscientemente, no estaban dispuestos a renunciar. Frente a la “madre admirable” de los poetas de la negritud y de los novelistas de las independencias, la madre tradicional, “madre devoradora” como la califica Kesteloot en su texto, las mujeres escritoras empezaron a montar su estrategia de emancipación. Frente a esas madres cómplices de una sociedad patriarcal y falocrática, una sociedad que, en palabras de Kesteloot, considera como mujer ideal aquella que “lleva un hijo de la mano, otro en la espalda y un tercero en el vientre” y hace de la esterilidad un drama mayor que justifica el repudio de la esposa, las mujeres escritoras reaccionaron con idéntica dureza a como los escritores habían reaccionado contra la malversada figura paterna. Así, en su “Lettre d’une africaine à ses soeurs occidentales” (Carta de una africana a sus hermanas occidentales), la combativa escritora camerunesa Calixthe Beyala, una de las destacadas ideólogas de este programa de reapropiación del cuerpo, entre otras cosas dice:

“... Mi madre decía que yo era una pobre mujer. Que le daba pena. Que sentía compasión por mí. Afirmaba que mi independencia era una pérdida de tiempo, orgullo, masoquismo. Estaba convencida de que una mujer sin hombre era una minusválida, una enferma, una neurótica. ¿Habéis constatado que la mujer puede llegar a ser la primera asesina de la mujer?...”.

De esta forma, el discurso de algunas mujeres escritoras africanas, se vuelve profundamente innovador y revolucionario, afecta a los cimientos mismos de sus sociedades tradicionales y abre ante ellas una temática apenas explorada. También la literatura nos muestra pues el papel fundamental que han de jugar las mujeres en el futuro inmediato de las sociedades del mal llamado tercer mundo; ellas, inevitablemente, están llamadas a transformar de raíz sus sociedades, por eso otra escritora, anterior a Calixthe Beyala, la senegalesa Mariama Bâ, en un tono tal vez menor pero no por ello menos contundente, escribe en 1979, en su reconocida obra “Une si longue lettre” (Una carta tan larga):

“... Todos coincidimos en que son necesarias muchas rupturas para afirmar la modernidad entre las tradiciones. Desgarrados entre el pasado y el presente, lamentamos las “pérdidas” que han de producirse... Asumimos las posibles pérdidas. Pues estamos convencidos de que ya nada será como antes. Somos profundamente nostálgicos pero decididamente progresistas...”.

… Decididamente progresistas… teniendo que lidiar incluso con mujeres como nuestra vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega quién, por puro cálculo electoral convoca, en el marco del V Encuentro España-África Mujeres por un Mundo Mejor, a una representación de mujeres de todo el mundo en una ciudad como Valencia que, dada su reciente historia política y económica, merece de todo, cualquier cosa, menos un premio; que ampara operaciones como Frontex y levanta vallas y alambradas donde se desgarran y quedan para siempre prendidos los sueños de otras mujeres que, como Clariste Soh Moube, sólo pretendían viajar en busca de un lugar desde donde mejorar su vida y la de los suyos.

… Decididamente progresistas… incluso cuando mujeres como nuestra vicepresidenta, al decir tal vez compasivo y autocomplaciente de la ex-presidenta chilena Michelle Bachelet, al ser pocas todavía en las esferas del poder, se ven forzadas por una forma de hacer política a la que, paradójicamente, sus condiciones históricas de mujeres lúcidas obligaría a cambiar; sin embargo, continúa diciendo Michelle Bachelet, por ese mismo potencial que muchas de ellas portan terminarán por transformar, cuando sean muchas, esa misma política que hoy nos coacciona. Cuestión fundamental en la que todos nos jugamos mucho y que no ocurrirá hasta que se incorporen a las tareas de gobierno las mujeres de todas las sociedades del planeta.

Y así y todo... veremos…, o tal vez sería más apropiado decir verán, si esta conclusión no es más que la proyección de un deseo y, cuando les llegue el turno, las mujeres muestren idéntica incapacidad que los hombres para la consecución de un gobierno justo. Esperamos y confiamos que no será así y que nuestra conclusión no esté motivada, una vez más de forma simple y cuasinstintiva porque, parafraseando al añorado Julio Cortázar, queramos tanto a Glenda.