hOY ATARDECÍ PENSANDO...

hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

viernes, 18 de junio de 2010

La xenofobia anticolombiana

J.R.Duque

En los años 70 Colombia se internaba, de pecho y sin frenos, en un período de convulsión política y social que repotenciaba al que dos décadas antes y un poco más había detonado con El Bogotazo. Al mismo tiempo comenzaba lo que los estudiosos del tema de la droga llaman el boom marimbero: la marihuana comenzó a significar para muchos una opción para paliar la miseria, pero también significó la criminalización de miles de agricultores pobres. Tal como ocurre hoy con los bolivianos, ser campesino colombiano era un dato sospechoso: la materia prima que alimenta el narcotráfico se extrae de las plantaciones. Lo demás no hace falta hilarlo porque ya los prejuicios, la propaganda y el miedo se encargaron de hacer ese trabajo en nuestro subconsciente.
De esa época data una de las movilizaciones demográficas más intensas de colombianos hacia Venezuela, y también uno de los más lamentables momentos de estallido de la xenofobia anticolombiana entre nosotros. Muchas mujeres pobres vinieron en busca de las mejoras que prometían un bolívar sólido y un presidente tan pro-colombiano que ahora mismo es muy difícil asegurar que nació aquí; es fama que miles de ellas sólo consiguieron subemplearse como domésticas o como camareras, pero incluso ese oficio que las clases medias y altas no realizan por asco, flojera y miedo estaba bien para unos ciudadanos que venían huyendo de los primeros plomazos masivos de la guerra fratricida. A todas, sin excepción, les cayó sin compasión el estigma: así como los venezolanos varones se ofendían cuando los llamaban colombianos (porque en el habla común “colombiano” pasó a significar ladrón y asesino), llamar a una mujer “colombiana” era llamarla puta.

Por supuesto que también fue el petróleo el causante de este desperfecto en la psique colectiva: creerse “mejor”, “superior” o con más derecho que los demás a vivir tranquilos es la primera fase de una enfermedad hija del nacionalismo llamada xenofobia, hija que suele exacerbarse cuando “tu país” tiene unos ingresos que tus vecinos no tienen. Ah, pero ya va: ser invadidos por bichos catires y de habla hollywoodense y regalarles el petróleo no era pecado: lo malo era compartir “nuestra” riqueza con esos caliches y cotorros tan feos. La exaltación patológica de gringos y musiúes de ojos claros y pelo amarillo era la manifestación externa de algo más grave y doloroso: la íntima sospecha de que echándole un poquito de bolas podíamos ser como ellos. Y no era un sentimiento exclusivo de iletrados o despistados: años atrás había sido política de Estado darles libre entrada a los europeos, dizque porque eran muy laboriosos, Y PARA QUE NUESTRA SANGRE SE MEZCLARA LIBREMENTE CON LA DE ESOS EJEMPLOS DE CIVILIZACIÓN. Esa propuesta y su “justificación” destacadas en mayúsculas no pertenecen a ningún jerarca nazi (al menos no a uno alemán) sino a un Alberto Adriani cuya muerte lamento mucho. Lo lamento, porque perdí la oportunidad de darle una rumba de patadas por el culo a este racista de mierda, tan adulado por la burguesía venezolana y por algunos pelabolas que lo admiran dizque porque el tipo estudiaba mucho.
Así, como los venezolanos teníamos petróleo y nos sentíamos ricos, limpiecitos, sabrosones y cosmopolitas (ah carajo, para algo les abrimos las puertas a los europeos), fue fácil imponernos la matriz infame según la cual nada tenían que venir a buscar aquí los emigrantes colombianos, ecuatorianos y peruanos: resuelvan ustedes su peo, esta riqueza es de nosotros. Por supuesto que fue una matriz impulsada desde las clases medias y altas, porque un pobre venezolano sufre y se jode tanto como uno colombiano o uno ruso o malayo. Al final los colombianos se las arreglaban para cruzar la frontera y se instalaron aquí pese al asedio racista que los hacía ver como invasores o saqueadores de un tesoro subterráneo al que sólo “los venezolanos” teníamos derecho. Así de coñoemadres éramos, o en eso nos convirtieron.
A cambio de la amargura, los colombianos nos inundaron con mucho de las alegrías patrias que se trajeron en el equipaje. Y nada fue mejor que la música de ellos para enseñarnos una nueva forma de estar contentos. En los años 60 su ingenio creador había producido una fábrica de músicos y juglares llamada Los Corraleros de Majagual, un conjunto de música inclasificable (acordeón, trombones, saxos, tambores...) que desde el propio nombre les producía náuseas a las clases medias y altas, pero que entró con furor en los estratos más pobres hasta convertirse en fenómeno cultural perdurable. Todavía hoy, cuando alguien lo suficientemente humilde, sensible y de buen humor escucha en la calle a Los Corraleros, no puede evitar olvidarse por un momento de los problemas y sonreír: 40 años después, esas canciones tienen un efecto terapéutico del carajo.

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Siglo 21, otra realidad, aunque impulsos y situaciones más o menos similares. Instalados, entronizados y asimilados a nuestras dinámicas aquellos colombianos y muchos más; galvanizada en su simpleza una generación de jóvenes a quienes les da lo mismo que los llamen suizos o colombianos, persisten desde el poder económico y sus sirvientes de los medios de información los esfuerzos por mantenernos separados, aunque con ligeras variantes y sorpresas: ahora la derecha venezolana quiere que los venezolanos amemos a la élite que Gobierna a Colombia. El método: un informe de ACNUR divulgado el martes 15 (http://tinyurl.com/2dnouox) revela que hay 180 mil colombianos refugiados en la frontera, del lado venezolano, huyéndole por supuesto a la guerra. Pocas horas después los medios de derecha divulgaron un “reportaje” (http://tinyurl.com/2dhwfzj) construido así: hablaron con cuatro colombianos descontentos con las condiciones en que viven en Venezuela y difundieron este titular: “MILES de colombianos quieren regresar a Colombia”.
Interesante el mensaje: ahora puedes compadecerte de los colombianos pobres y adorar a los colombianos que mandan; desplaza tu odio hacia Chávez. Ya lo verán: Santos se aprovechará de esa forzada tendencia de opinión. ¿Línea maestra a seguir? Pues la que nos dicta lo profundo de la sangre: viva el pueblo colombiano y muera la tiranía que lo gobierna,