hOY ATARDECÍ PENSANDO...

hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

martes, 13 de abril de 2010

Un librito ahí, sobre lo mismo: Del 11 al 13

Pocas cosas son tan difíciles de derrotar como los convencionalismos (“Es más fácil romper un átomo que un prejuicio”, decía Einstein). Cuando una norma se convierte en costumbre a causa de la repetición y de la aceptación colectiva (y mecánica) ya no hay nada que hacer, o tal vez lo hay pero suele ser sangriento y doloroso. Sangre costó que nuestras sociedades aceptaran que los negros descendientes de africanos eran gente y tenían derechos. Sangre ha costado que a las mujeres se les reconozca el ser valiosas para algo más que lavar los platos, adornar el lecho y de vez en cuando ir a votar. Sangre ha costado asumir y comprender que alguien que aparece en televisión no es un ser superior, y lo mismo ocurre con el que tiene dinero, propiedades y mansiones. Sangre está costando, y nos costará más todavía, acostumbrarnos a la idea de que el pueblo desbordado puede definir el curso de la historia. Y un poco más: mucha sangre ha de verterse mientras asumimos como conciencia colectiva la necesidad de construir una historia que privilegie a la gente común por encima de los líderes y jefes circunstanciales, que por cierto todos lo son: los jefes pasan, el pueblo queda.


Monumentos y espejismos de abril

Para que vaya quedando claro, estamos hablando de la histórica tensión entre el pueblo como constructor colectivo y los individuos como maniáticos del protagonismo a lo Hollywood. Una amplia cultura cinematográfica nos acostumbró a la idea de que la historia la moldean y la cambian sujetos superdotados (Napoleón, Alejandro, Bolívar, Colón) y que el pueblo es sólo un adorno allá en el fondo. En cuanto al “caso” abril 2002 y las narrativas que se nos han querido imponer, es preciso salirles al paso urgentemente por varias razones. Una de ellas es que estamos a tiempo de corregir la forma en que contamos nuestra historia, pues ya está comenzando a galvanizarse en nuestra memoria colectiva esa clase de mitos (prejuicios, convenciones, leyendas políticas) que con el tiempo se hacen indestructibles. Ocho años es muy poco tiempo para graduar de prócer a nadie, y por fortuna se han dado pasos interesantes en la dirección correcta: mientras uno de los “héroes” individuales de la respuesta al golpe de Estado ahora está preso y desprestigiado, en el puente Llaguno existe el único monumento dedicado a esas fechas: una escultura de bronce que homenajea a una masa de gente y no a un sujeto en particular.
En la iconografía chavista en construcción, Raúl Baduel calificaba como prócer porque se alzó contra Carmona, porque “se le cuadró” al pueblo agolpado en las afueras de la guarnición de Maracay y, en general, porque le profesaba al presidente Chávez una lealtad a casi toda prueba. Bastó que a esta lealtad las fisuras se le convirtieran en grietas para que fuese bajado de su pedestal y tratado como lo que es: como un tipo que comete errores y no como un coloso inmarcesible.
Cuando el homenaje y el reconocimiento al pueblo demoledor y hacedor (primero se derriba algo y luego se construye lo nuevo: los pueblos lo hacen; los líderes suelen ir construyendo antes de destruir lo anterior) sean un asunto más concreto que romántico, la fecha digna de ser resaltada será el 12 de abril de 2002. No el 13, como ha convenido el chavismo oficial, y mucho menos el 11, como quiere establecer la derecha antichavista. Fue el 12 cuando ocurrió ese evento histórico extraño, anómalo y desconcertante, ocurrido sólo unas pocas veces desde 1810 hasta nuestros días: la activación del pueblo en sus facetas destructivas, en ausencia de la autoridad nacional o poder constituido.
La cronología exacta de aquellos días es la siguiente. Once de abril: movilización de la masa antichavista, confección de un golpe de Estado con apariencia legal, resistencia de la masa chavista, caos temporal en el centro de Caracas, secuestro del individuo que detentaba la jefatura del Estado, vacío de autoridad (que lo hubo, en consecuencia). Doce de abril: autocoronación de Carmona y júbilo de la burguesía, activación del pueblo y desconocimiento de esa autoridad por parte de un grupo de militares. Trece: continuación de la movilización de pueblo y militares rebeldes contra el Gobierno de facto. Catorce: regreso de Chávez a Miraflores.
Parece muy sutil e imperceptible el dato, pero allí está: la activación del pueblo en ausencia del jefe ocurrió el día 12 de abril. El 11 hubo un desconcierto y en cierta forma un despecho colectivo; el 12, cuando el usurpador de la autoridad mostró la cara, el pueblo salió a hacer ingobernable al país. Ni siquiera a tomar el poder: salió a convertir las calles en un infierno imposible de gobernar. Ese es el hito, esa es la fecha: el momento en que salimos a hacer historia sin que nos ordenaran hacerlo. Luego vino el 13, día en el cual se produjeron acontecimientos administrativos e institucionales: la detención de Carmona y las llamadas telefónicas mediante las cuales unos militares convencieron a los otros de que dejaran en libertad al presidente legítimo, preso en La Orchila. Desde todo punto de vista, la movilización de la gente por acción libertaria de su intuición histórica y no por órdenes de ningún paladín, es más importante y trascendental que el triste acto mediante el cual un militar le dice a otro: “Ríndase”, y el otro va y se rinde.

Las otras fechas

Algo parecido ocurrió el 6 de julio de 1811: desconocida la autoridad de España, al pueblo no le dio la gana de reconocer de inmediato a la nueva autoridad, y se produjo una especie de sacudón del cual poco se habla: Caracas, Los Teques y Valencia fueron escenario de alzamientos populares, movimientos caóticos de pulperos, servidumbre y esclavos. La propaganda oficial de entonces asumió esto como motines que perseguían desconocer a los patriotas y perpetuar en el poder a la Corona (de allí el mote de “realistas”), cuando en realidad era el alzamiento de una turba desbordada, feliz y libre pues finalmente “algo” les decía que no había jefe: un vacío de poder.
Ocurrió también el 5 de diciembre de 1814, a la muerte de José Tomás Boves: el jefe muere en batalla, el pueblo continúa la batalla y la gana. Las hordas de Boves dejaron esa lección para la historia: se puede ganar sin jefes. La historia oficial oculta esta interpretación porque con esa batalla sucumbió la Segunda República, y la historia republicana es sagrada (hablando de prejuicios indestructibles).
Ocurrió en febrero de 1936; Gómez murió en diciembre del 35, pero la huelga febrerista dejó claro que entraba en acción un pueblo liberado del patriarca. Volvió a ocurrir el 23 de enero de 1958, y acá vale la pena recalcar otro dato “borrado”: en esa fecha de aparente júbilo hubo en realidad linchamientos, masacres y descuartizamientos: era el pueblo sin jefe impelido a tomar venganza de los “esbirros” perezjimenistas. De nuevo estalló el 27 de febrero de 1989: movimiento sin jefe pero sin intención criminal, resultó en masacre y en aplastamiento. Y finalmente lo hizo el 12 de abril de 2002, no bien el güevón de Carmona (encumbrado por militares, sindicaleros y empresarios, seguidos por una buena cantidad de comemierdas de la "sociedad civil" que salieron a meterle gasolina al caos sin saber para qué los estaban arreando) se calzó a sí mismo la corona de rey de Venezuela.
En todas esas fechas se produjeron situaciones de diverso signo, orientación, causalidad y resultados, pero un ingrediente es común a todas: la figura a quien el pueblo oprimido consideraba autoridad, fuera ésta querida o no, legítima o no, aceptada o no, quedó suprimida (la Corona española en 1811; Boves en 1814; Gómez en el 35 -el estallido fue en el 36, con un blandengue López Contreras que luego se endureció-; Pérez Jiménez en el 58; el Puntofijismo en pleno en el 89, Chávez en 2002), y en ese espacio límbico llamado vacío de poder se produce la activación espontánea del pueblo como fuerza constituyente.

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La derecha, y la izquierda que se cree derecha, seguirá insistiendo en que "los pistoleros de Llaguno" estaban disparándole a la marcha de sifrinos que venía del este. Suficientes testimonios audiovisuales rebaten ese embuste grotesco cocinado por Venevisión y multiplicado por un conglomerado de sucios irresponsables, ese cuyo conjunto llamamos El Enemigo. Este año, estas líneas de recordación de la fecha van dedicadas a “los pistoleros”. Y les pongo el nombre que el enemigo quiere encasquetarles. Porque es preciso reivindicar los datos y claves que los aterroriza. Quizá así terminen de entender que estaremos esperándolos, vengan por las buenas o por las malas.