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domingo, 21 de marzo de 2010

Los Yukpa: Etnocidio entre la persecución y la indiferencia

A. Pérez Restrepo, J.M. Martínez y J.R. Vence

Indy Media Colombia


Testimonio recobrado. Dado que son escasamente conocidos los pronunciamientos que ha hecho el pueblo Yukpa, se ha estimado importante recobrar el presente documento testimonial, elaborado en marzo de 1994 por autoridades y líderes de este pueblo indígena, en el que se hace una breve radiografía sobre la situación y problemática que para ese entonces presentaba. Sin menoscabo de los avances que han tenido lugar, pareciera que pocas cosas han cambiado dieciséis años después.


Los Yukpa somos un pueblo de filiación lingüística caribe, bastante heterogéneo, compuesto por numerosos grupos con diversas manifestaciones dialectales y comunidades dispersas y aisladas con muy poca relación entre sí.


Los Yukpa hemos sido descritos en la literatura etnológica como caracterizados por un ethos guerrero y por le existencia de frecuentes vendettas intertribales. Esta constante actividad guerrera hace parte de nuestra tradición histórica-cultural y aparece asociada con la escasez de mujeres derivada, sobre todo, de nuestra organización social que impone fuertes restricciones para los intercambios matrimoniales.


Nuestro antiguo territorio ancestral se extendía al oeste desde el valle del río Cesar, hasta el Lago de Maracaibo al este. Hoy en día [marzo de 1994] nuestro territorio está restringido a la zona montañosa de la Cordillera Oriental, en la Serranía del Perijá, cuya cresta marca el límite internacional entre los Estados de Colombia y Venezuela.


La avanzada colonizadora de los watiya (no indígenas) nos ha confinado a un estrecho espacio vital que se extiende por el norte hasta el río Chiriaimo y el corregimiento de San José de Oriente (La Paz), en la, a veces llamada, Serranía de Valledupar en Colombia y los afluentes del río Opón en Venezuela, y por el sur hasta el municipio de Becerril en el departamento colombiano del Cesar y el río Tukuku en Venezuela. Poco a poco fuimos perdiendo la propiedad y posesión sobre las partes planas y bajas de nuestro territorio y fuimos obligados a remontar la Serranía del Perijá.


Nuestro territorio ha sido dividido por la artificial frontera internacional que diferencia los Estados de Colombia y Venezuela, contribuyendo a fragmentar aún más a nuestras comunidades. Esta situación ha comportado un duro golpe a nuestra conciencia territorial, como quiera que muchas comunidades han interiorizado la frontera internacional.


En Colombia el territorio que actualmente ocupamos y poseemos los Yukpa es ínfimo si se lo compara con el que teníamos antes de las invasiones de los europeos y sus descendientes. Hoy en día [marzo de 1994] tenemos demarcados dos resguardos, el de Iroka con 8.679 hectáreas (ha.), creado mediante resolución del Instituto Colombiano de Reforma Agraria (INCORA) No. 43 del 21 de julio de 1983, y el de Sokorpa con una extensión de 25.000 hectáreas, creado mediante resolución del INCORA No. 50 del 21 de julio de 1983, ubicados en jurisdicción de los municipios cesarenses de Agustín Codazzi y Becerril respectivamente .


Estos resguardos se han mostrado manifiestamente insuficientes para albergar a todos y cada uno de los asentamientos y comunidades de nuestro pueblo. En el resguardo de Iroka encontramos los asentamientos de Kurarapa, Sokia, Salem, Manoye, Yiputo, Nemo, Woseypre y Tecuimo, dejando por fuera de sus límites a al menos nueve asentamientos con alta densidad demográfica como son Seku-Yiwano, Mayasha, Tewa, Aponcia, Yowa, Sospa, Soki, Wetsa y Patshaya. La población para estos asentamientos se calcula en 3.500 personas. Por su parte el resguardo de Sokorpa sólo cobija los asentamientos de Sikakao, Sokorpa, Las Pampas, El Destino o América, San Genaro, Sokomba y Santa Rita, albergando una población estimada en 1.500 personas. Este resguardo deja por fuera a una comunidad del pueblo Wiwa, compuesta por alrededor de 80 migrantes que viven en Campo Alegre, sobre las riveras del río Maracas .


En el municipio cesarense de Agustín Codazzi se encuentran tres asentamientos, Ménkue, La Pista y Mishaya, con una población aproximada de 500 personas, que no poseemos ningún título jurídico que garantice nuestra propiedad sobre éstas tierras, es así que este territorio no nos ha sido reconocido por el Estado colombiano y simplemente lo poseemos sin ninguna seguridad jurídica.


En el mismo departamento del Cesar, en el municipio de La Paz, encontramos los asentamientos de El Consejo, Yukatán, Cuatro Caminos, Cinco Caminos, La Laguna y El Bayito, que al igual que el asentamiento de Caño Padilla en el municipio cesarense de San Diego, se encuentran situados en el centro de la actividad colonizadora y sin seguridad jurídica sobe las tierras. Estas comunidades que sumamos aproximadamente 1.500 personas, somos las más golpeadas por el contacto desigual con la sociedad mayoritaria y las que más hemos soportado el saqueo, expoliación e invasión de nuestras tierras. Hoy en día [marzo de 1994] estos asentamientos se encuentran formando un archipiélago que nos fragmenta y aísla de los demás centros poblacionales de nuestro pueblo.


El principal problema que tenemos los Yukpa es que no existe una continuidad territorial para todos nuestros asentamientos, toda vez que, como se ha dicho, se encuentras dispersos y fragmentados, impidiendo el intercambio y relación sostenida entre ellos. Cabe decir que los dos resguardos existentes a la fecha no colindan el uno con el otro y los asentamientos de los otros municipios se encuentran bastante retirados de estos y sin solución jurídica a su problema territorial. Además de estos lugares ocupados por estas comunidades de nuestro pueblo, tenemos noticia de la probable existencia de pequeños núcleos Yukpa que viven en otros lugares de la Serranía del Perijá no identificados plenamente.


Como puede apreciarse nuestra situación territorial es bastante crítica, porque los resguardos constituidos sólo albergan a una pequeña parte de nuestras comunidades, quedando la mayoría de ellas desprovistas de un espacio territorial propio. Adicionalmente, los resguardos fueron creados pero no fueron saneados y se da el caso, para citar un ejemplo, de un watiya que en el resguardo de Sokorpa tiene una hacienda de más de 2.000 hectáreas de extensión.


En Venezuela la situación de los Yukpa al parecer no es muy distinta. Pese a que existe el Parque Nacional Natural de Perijá, con un área de 295.288 hectáreas que de alguna manera brinda una protección al territorio contra la colonización watiya, en la actualidad [marzo de 1994] compañías estatales explotadoras de carbón y de petróleo están devastando, horadando e invadiendo territorio Yukpa, obligando a muchas comunidades a emigrar.


Como se había aludido anteriormente la historia Yukpa ha tenido como común denominador las permanentes y sostenidas guerras internas entre clanes distintos. Nuestro pueblo, como nómada que ha sido, nunca ha tenido una organización social centralizada, donde el poder recaiga en una sólo y única autoridad. Contrariamente, el poder se encuentra disperso en los asentamientos y depositado en los Yuwatpis o jefes de familia. En ese contexto no ha sido propio de nuestro pueblo especializar personas para ejercer determinadas funciones, las cuales más bien se realizan con un liderazgo definido de acuerdo a la actividad y a las capacidades naturales de las personas. De esta manera, una persona que adquiere por sus conocimientos de la pesca cierto liderazgo durante el ejercicio comunitario de esta actividad productiva, no tendrá liderazgo en las épocas de caza o de recolección, pues con seguridad habrá personas que lo hagan mejor.


Tradicionalmente los Yukpa hemos diseñado mecanismos diversos de control social que impiden la formación de autoridades o liderazgos separados de las comunidades. En esa dirección los Tuano y los Tomaira, médicos tradicionales y líderes espirituales (“sacerdotes”), respectivamente, son los únicos que efectúan labores culturales sumamente especializadas.


Este escenario de micro-poderes locales, descentralizados y dispersos, si bien nos sirvió en determinadas coyunturas históricas como un arma efectiva de defensa frente a las políticas integracionistas y asimilacionistas de los Estados, ya que no pudieron identificar un único poder para cooptarlo y fagocitarlo, hoy en día [marzo de 1994] frente a las nuevas realidades que nos abocan, se convierte en cierta medida en un obstáculo que impide el abordaje global e integral de una estrategia que apunte a la reorganización de nuestro pueblo. Sin embargo esto viene cambiando y trascendiendo las dificultades inherentes a ciertas dinámicas culturales, hemos comenzado a relacionarnos y a estrechar vínculos entre los diferentes asentamientos y resguardos, con el propósito de desplegar un proceso organizativo como pueblo Yukpa. En todo caso sabemos que el sendero por recorrer en esta dirección es bien largo.


Desde hace algunos años nuestras comunidades, por influencia de agentes externos, bien intencionados la mayoría de las veces, han venido implementando como forma organizativa la institución del cabildo, desafortunadamente sin buenos resultados. Y era lógico que ello ocurriera, dado que esa figura no surgió de las entrañas mismas de nuestro pueblo. Es así como nuestro pueblo no ha podido asimilar esta nueva forma organizativa y las comunidades la siguen viendo como algo foráneo y extraño que entra en contradicción con nuestras autoridades tradicionales, basadas más que en comunidades establecidas plenamente, en grupos familiares extensos. En este sentido no hemos podido ubicar un punto de encuentro entre el cabildo como institución socio-política que nos abre posibilidades de organización supralocal, y los Yuwatpis o jefes familiares, los Suwe o “policías”, los Tomaira o “sacerdotes” y los Tuanos u hombres medicina u hombres de conocimiento.


Sin embargo los asentamientos Yukpa ubicados en jurisdicción de los municipios cesarenses de La Paz y San Diego ni siquiera tenemos establecida la figura de cabildo y, consecuentemente, no tenemos ningún tipo de organización, más allá del tradicional. Aquí nuestras actividades tradicionales fueron vulneradas, depredadas y minadas hasta casi su total extinción. En estos asentamientos la figura de cabildo no se ha introducido. En la actualidad [marzo de 1994] por consiguiente no existe ningún tipo de organización que nos permita luchar sistemáticamente por nuestros derechos colectivos.


En razón de lo anterior es que hablamos de reinventar una nueva forma organizativa que partiendo de un sustrato tradicional ancestral, repotenciando el rol de nuestras autoridades tradicionales, le de cabida a un nuevo tipo de autoridad que se suplemente creativamente con las que existen. El desafío es crear algo nuevo a partir de lo ancestral sin desvirtuarlo, pero movilizándolo hacia otros escenarios.


Como se ha dicho la presión colonizadora sobre nuestro territorio es muy fuerte y no solamente hemos sufrido nosotros, sino que hemos visto, no sin indiferencia, como se están destruyendo los frágiles ecosistemas que componen la Serranía del Perijá. La colonización watiya nos ha tendido un cerco que nos ha incomunicado y distanciado de lugares estratégicos para el ejercicio de actividades económicas fundamentales para nuestra autosubsistencia. La depredación y agresión contra la Serranía del Perijá nos ha llevado a atravesar por cíclicas y recurrentes crisis alimentarias, las que nos han mostrado el rostro del hambre como nunca antes lo habíamos visto. De un pueblo autosubsistente, autodependiente y autogestionario que éramos, hemos pasado a ser un pueblo agobiado por innumerables problemas, muchos de los cuales escapan a nuestras posibilidades de solución. Al resquebrajarse nuestros ciclos alimentarios que posibilitaban una dieta abundante, variada y nutritiva, producto de la complementariedad entre la caza, la pesca y la horticultura, se está atentando contra nuestra sobrevivencia material y, consecuentemente, se arremete contra nuestros valores identitarios y señas étnicas.


Los Yukpa estamos en peligro inminente. Aspectos significativos de nuestra identidad se encuentran, en estos momentos [marzo de 1994], atravesando una fase muy crítica, hasta el punto que es bastante probable que de no hacerse algo de fondo, nuestra existencia como pueblo sea inviable al cabo de dos o tres generaciones más. Las causas de esta situación límite son variadas y van, como se ha mencionado, desde la presión “aculturizadora” de los watiya, hasta el agotamiento de los recursos básicos para nuestra subsistencia material y espiritual que ofrece la Serranía del Perijá, nuestro espacio vital, y único lugar posible donde podemos preservar y potenciar nuestra opción civilizatoria propia.


Las diferentes comunidades de nuestro pueblo, pese a sus debilidades manifiestas, nos hemos propuesto, entre otros asuntos, los siguientes:


1. Diseñar una estrategia de defensa de nuestro territorio, el cual debe adelantarse en dos sentidos: En primer lugar, internamente, propiciando reflexiones en nuestras comunidades encaminándolas a consolidar una noción de territorio propio, es decir, movilizando acciones dirigidas a afianzar nuestra conciencia territorial, partiendo de lo que se ha perdido y se precisa recuperar. En segundo lugar, externamente, definiendo estrategias de cabildeo para que el Estado colombiano solucione estructuralmente la problemática territorial de las comunidades Yukpa, la cual pasa por delimitar y garantizar tierras idóneas para aquellas que no las tienen y conseguir el saneamiento y ampliación de los resguardos existentes. Nuestra aspiración territorial es, en este sentido, lograr un territorio propio para todos nuestros asentamientos, de manera que haya continuidad territorial entre ellos. Pensamos que no podemos permitir que continúe la fragmentación y dispersión de nuestro pueblo.


Frente a la comunidad del pueblo Wiwa que se encuentra asentada en nuestro territorio tradicional, no vemos oposición alguna en su aspiración de que le sea delimitado y reconocido un resguardo propio, dado que ello no contradice nuestra aspiración territorial de consolidar un espacio vital para nuestro pueblo y más bien entendemos que la defensa de ese territorio Wiwa hace parte de una estrategia más amplia y global de defensa de los territorios indígenas de la Serranía del Perijá.


Esta estrategia debe desembocar en la creación de un territorio indígena binacional, legalmente constituido, que deje de lado las artificiosas fronteras de los Estados. De esta manera pensamos nosotros que avanzamos en el fortalecimiento de nuestra conciencia territorial y en la consolidación, pese a las diferencias intraétnicas, de nuestra identidad colectiva como pueblo.


2. Trabajar en la perspectiva de reinventar una organización propia y representativa de nuestro pueblo, que recoja el sentir y las aspiraciones de todos y cada uno de los asentamientos y resguardos. Se trata, en este sentido, de iniciar decididamente el proceso d precomposición étnica y cultural de nuestro pueblo, de suerte que le pueda hacer frente a la situación contemporánea que se presenta.


3. Llamar la atención de la opinión nacional y mundial sobre la situación de destrucción y colonización en gran escala que se presenta en nuestra Serranía del Perijá. Este ecocidio se ha visto agravado por la creciente siembra de cultivos de uso ilícito, que, por otra parte, amenazan con convertir a la región en un territorio de violencia y muerte donde muy seguramente los más perjudicados vamos a ser los Yukpa.


Hasta ahora los Yukpa hemos estado en el pequeño espacio que hay entre la persecución violenta y constante de ciertas políticas del Estado en años anteriores y el paternalismo de nuevas políticas de reciente data. Tanto las unas como las otras han vulnerado nuestra autonomía y han minado nuestras autoridades propias.


Sabemos que el futuro de nuestro pueblo debe estar en nuestras propias manos. En principio consideramos que solo el Yukpa salva al Yukpa, pero requerimos de la solidaridad de otros pueblos y culturas. El trabajo que tenemos por delante depende, por consiguiente, de nuestras propias fuerzas y capacidades, pero, como se ha dicho, el apoyo de la sociedad mayoritaria es determinante. Las cargas, cierto es, son mucho más livianas cuando se comparten. Queremos enriquecer al mundo con nuestra sabiduría ancestral, consideramos que tenemos muchas cosas que decir. Soñamos con un mundo donde la voz de los Yukpa acompañe las demás voces. Queremos reflexionar internamente, porque queremos romper el frío silencio en que nos han envuelto. No hay lugar para la indiferencia, hay que asumir con dignidad los nuevos desafíos y ustedes, los watiya pueden aportar.


Becerril (Cesar), Serranía del Perijá, 11 de marzo de 1994

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Autores: Ángel Pérez Restrepo, José Manuel Martínez y Julio Rafael Vence. A marzo de 1994 respectivamente eran, representante del Cabildo-Gobernador del Resguardo de Sokorpa, Becerril (Cesar); Cabildo-Gobernador de Ménkue, asentamientos de Ménkue, la Pista, y Mishaya, Agustín Codazzi (Cesar); y líder comunitario de los asentamientos ubicados en los municipios de La Paz y San Diago (Cesar).


El anterior artículo apareció originalmente en: Perspectivas. No. 9. Centro de Investigaciones de la Universidad Popular del Cesar (UPC). Valledupar. Julio de 1995. Pp. 21-23. Una versión de este mismo documento fue publicada posteriormente, con el título “Los Yukpa: superando los conflictos intraétnicos”, en: ORGANIZACIÓN NACIONAL INDÍGENA DE COLOMBIA, (ONIC). Los pueblos indígenas de Colombia, un reto hacia el nuevo milenio. Memorias. “Proyecto de capacitación para la apropiación territorial y desarrollo del derecho interno de los pueblos indígenas de Colombia”. Bogotá, D.C. ONIC. 1998. Pp. 148-151.