hOY ATARDECÍ PENSANDO...

hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

viernes, 26 de marzo de 2010

La palabra escrita, la historia dicha, la historia por hacer (I)

J.R. Duque

De España heredamos, entre muchos otros complejos y miedos irracionales, la adoración fetichista de la palabra escrita. Parte de ese deslumbramiento cuasirreligioso se trasladó en el siglo 20 a la radio y la televisión y últimamente a Internet, pero al principio fue el verbo y no debe ser de gratis el que los fans de la Biblia se regodeen en tan efectivo eslogan. Puede que una imagen diga más que mil palabras, pero ninguna imagen ha postrado y sometido a tanta gente como estos garabatos que, cuando alguien no sabe descifrarlos, ejercen un poder más perverso todavía: la ignorancia de la Ley no exime de su cumplimiento, así que donde usted se esconda irá a buscarlo el pulpo de lo que está escrito. Española es esa convención atávica que considera legal, genuino, valioso, importante e irrebatible a todo lo que viene plasmado en un papel, preferiblemente tamaño oficio, y tampoco es casual que “oficio” signifique “comunicación legal” y también “ceremonia religiosa”.
Usted va al banco a solicitar un préstamo y tiene que demostrar que está vivo; el capitalismo no le presta dinero a alguien que no existe. Pero para cumplir con requisito tan crucial (el existir) no basta que usted hable, se mueva o transpire: usted tiene que ir a los dominios de un burócrata a solicitar una “Fe de vida”, un papel lleno de sellos y firmas. Esas firmas y esos sellos pudieron haber sido estampados por un funcionario que en su vida cotidiana es un maldito borracho, pirómano o violador, pero como viene en papel la sociedad les otorga carácter legal e institucional: lo dicho en papel (oficio) es casi sagrado.


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Todo el sistema jurídico y el aparataje cultural que las hegemonías han impuesto tienen su soporte primero en el papel. Esa fábula que llaman (con justicia o sin ella) La Verdad puede ser dicha por el mejor orador, pero como a las palabras moduladas se las lleva el viento (cuando no el olvido y la desmemoria) sólo alcanzan categoría de santidad cuando están impresas. Así, mucha (pero muchísima) gente tiende a creer que cuando algo aparece en el periódico o en un libro, es cierto o al menos respetable. En esa extraña fascinación hipnótica reside el éxito de cierta prensa que llaman amarillista: pocas publicaciones se vendieron más en el siglo pasado (y todavía en este) que aquellas que reseñan casos insólitos, raros, asquerosos e improbables, junto con otros de la vida real pero particularmente enfermizos: el niño que nació con cabeza de cochino, la mujer preñada por un extraterrestre, el tipo que coleccionaba las cabezas de sus víctimas, el perro que se comió a su amo, el chupacabras, los muchos duendes que anuncian terremotos y desgracias. En Venezuela la gente de cierta edad recordará, sin duda, publicaciones como Crónica Policial y Crónica Criminal. La masificación del photoshop ha acabado en buena parte con la eficacia publicitaria de esos recursos; cualquier muchacho de diez años es capaz de ponerle patas de cabra y cabeza de gallo al cuerpo de una top model.
Lo anterior viene a reforzar el fetiche de lo escrito: una computadora puede crear imágenes asombrosas pero ningún programa ha logrado crear ninguna historia que cautive a nadie hasta la adoración, al menos no por mucho tiempo. Usted dibuja o retoca una fotografía o video donde una niña se eleva a los cielos ayudada por unas sábanas y seguramente no se ganará la admiración de nadie: cualquiera puede descubrir y repetir ese truco. Pero alguien lo escribió una vez con la suficiente destreza, la cosa salió publicada en un libro y todavía hoy libro y anécdota son objeto de culto. Lo cual aporta otra revelación: el poder de la palabra escrita rebasa el ámbito moral de la verdad: los escritores ganan fama, admiración, reconocimiento y algunas veces fortunas por algo tan cuestionado éticamente como el mentir.
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Una querida amiga me hizo hace poco una confesión que en su momento me dolió en mis gramos de vanidad, esa cosa que al final todos tenemos. Hoy me río del asunto y hasta le agradezco que me haya aportado una clave tan nítida para reforzar el tema de esta columna, pero vaya: cuenta la amiga que, antes de conocerme, era una consecuente lectora de mis escritos de prensa, y que alguno de mis libros la había fascinado. Una vez se enteró de que me habían invitado a compartir pareceres con los estudiantes de la escuela de Letras de la UCV, y ella consideró que esa era una ocasión inmejorable para conocer al autor de sus embelesos. No hay forma de decir estas cosas conservando la modestia, así que ahí va, como salga: debido a la fascinación que aquella prosa le generaba, la joven se había formado una también fascinante imagen corporal del autor. El tipo que escribía esas cosas, y de aquella forma, tenía que ser un carajo impresionante, de por lo menos 1,90 de estatura, vozarrón trepidante y poderosa musculatura: un coloso del tamaño de su colosal escritura. Así que se disfrazó de estudiante, se puso una pinta de fábula, se abultó el escote, ensayó unos movimientos y unas actitudes, se dejó acariciar por un perfume tal y se presentó en el salón donde el insigne escritor se presentaba. El final de la anécdota es desoladora: la caraja con su fantasía y sus ilusiones despedazadas y la frase revoloteándole adentro: “¿Y este peazo e bicho es el Duque?”.
Este verbo es poderoso, y es muy difícil igualar su fuerza y su estatura.
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Durante unos meses y hasta la semana pasada estuvo en nuestro país, en visita de trabajo, la Lic. Mariana Bruce, investigadora brasileña de la Universidade Federal Fluminense. Esa sería su presentación correcta, en el horroroso lenguaje académico que sobrepone lo curricular a lo humano. Aquí entre nos, es una chama de 24 años a quien le apasionan el cine, la historia de América Latina y, de un tiempo para acá, eso que por ahí llaman “el proceso bolivariano”. La muchacha realizó una pesquisa por Internet, se tropezó con un puñado de leyendas urbanas, llegó a la página el23.net, realizó unos contactos y de pronto se apareció en Caracas. Su objetivo, realizar una investigación en y sobre la parroquia 23 de Enero. Hasta ahí, nada sorprendente, nada extraño o inusual; docenas de investigadores viajan anualmente a Caracas para lo mismo: a verificar cuánto de cierto, cuánto de fábula y cuánto de nuevo pueden averiguar en el contacto con la gente, con los colectivos, con la comunidad viva.
La joven me citó para una entrevista. Comenzó a hablarme de su investigación, de sus dudas e inquietudes. Me hizo unas cuantas preguntas y se las fui respondiendo más o menos mecánicamente, en la medida de lo que sé o creo saber. Le expuse unos puntos de vista sobre la tensa oposición entre historia patria (oficial) e historia del pueblo. Hasta que de pronto me hizo la pregunta facilita, la bonita, la del ayayay, la que me dejó con la boca abierta (o cerrada, da lo mismo) antes de soltarme su principal hallazgo: “¿Usted sabe de algún libro que sintetice la historia de la parroquia 23 de Enero?”. Esperó unos cinco segundos, y después remató: “Yo quisiera escribir esa historia”.
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En efecto, no se ha publicado tal libro, aunque es probable que se haya escrito. Lo más cercano a eso, según lo que recuerdo y según lo que confirma la investigación de Mariana, son tesis de grado de Trabajo Social e Historia. Hay capítulos enteros de esas tesis, artículos dedicados a contar lo básico, lo institucionalmente correcto: lo fundó Pérez Jiménez como “Urbanización 2 de diciembre”, luego la gente se metió y un bachiller Rangel repartió docenas de títulos de propiedad a invasores, el diseño es de Villanueva, hay tantas escuelas y tantos módulos policiales, etcétera. También es posible conseguir información dispersa sobre curiosidades o datos más o menos inocuos: que había un “Hombre de la Chaqueta Negra” que coñaceaba malandros y se los entregaba a la policía, que el bloque 8 no está en la parroquia sino en Cali porque Pérez Jiménez se lo regaló a Colombia como gesto luego de un terremoto, que es cuna de músicos, peloteros de grandes ligas y un medallista olímpico. “Pero no hay un libro que recoja todo eso”, insiste la chama. Y me rindo: nosotros, que amamos tanto a esa comunidad y nos enorgullecemos de su tremenda historia, de su epopeya, de su aporte a la revolución venezolana, debemos reconocer que existe ese bache, esa deuda.
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Paréntesis. Hace tres años llevamos a cabo con Fundarte un esfuerzo cuya intención era registrar la memoria de los ancianos, rescatar datos no compilados documentalmente, sobre las comunidades que había antes de llamarse 23 de Enero esa unidad demográfica. La investigación se realizó parcialmente, los materiales existen en audio y video. Pero sigue sin existir el libro. Cierra el paréntesis.
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Primeras conclusiones, para desarrollarlas más adelante. Como pareciéramos creer que las cosas sólo spon importantes si están publicadas en un libro, entonces 1) si en este momento ocurriera un cataclismo y el tiempo se congelara, dentro de 100 años un investigador comelibros viniera a documentarse sobre las luchas populares de Venezuela, su conclusión sería: “El 23 de Enero no fue importante, no le aportó nada a esas luchas”.

Otra: como estamos en revolución, 2) más que en lo escrito, la importancia de los pueblos está en su hechura práctica y en lo que sus habitantes están en condiciones de contar.