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hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

miércoles, 10 de marzo de 2010

Chile: La maquila política y económica que el establishment desea obtener del megasismo

Arturo Muñoz

Sebastián Piñera: "el terremoto no cambiará mi programa de gobierno". Es cierto; sólo cambian las promesas de campaña porque el programa neoliberal y ultra conservador se mantiene con más fuerza.

NO SÓLO las casas, puentes, plazas y bordes costeros se llevó el terremoto, sino también aventó aquellas negras telas bajo las cuales se cobijaban las indecisiones y fantasmas del gobierno concertacionista en sus últimas semanas de administración, junto, por cierto, a los muy disfrazados ilícitos de algunos empresarios que acostumbran obtener ganancias pingües mintiendo con criminal descaro a clientes y autoridades, pues entregan productos y servicios de baja calidad a precios de artículos y bienes de alto estándar. A estos empresarios, en estricto rigor, los apoya (y siempre lo ha hecho) la cofradía de tiendas políticas derechistas.

El mega terremoto ocasionó daños severos en seis regiones del país, y al momento de escribir estas líneas el dato oficial señala que hay un millón y medio de viviendas destruidas, junto a una docena de hospitales inutilizados y, a lo menos, cinco puentes intransitables que dejan –aún en este instante- interrumpidas las comunicaciones terrestres en gran parte de la zona centro-sur.

Distintos economistas aseguran que se requerirán cuarenta mil millones de dólares para reponer las obras de infraestructura que el megasismo echó al suelo. La muerte de cientos de chilenos que fallecieron producto del desastre habla por sí sola de la magnitud de la tragedia. La mayoría de esos compatriotas murió en los bordes costeros a causa de la inoperancia de las autoridades, las que demoraron en actuar el tiempo preciso que requería el océano para realizar su tétrico trabajo.

Capítulo aparte merece la confusa actuación del gobierno respecto de la declaración de estado de emergencia, toda vez que lo racional y lo recomendable ante la ocurrencia de una catástrofe como la acaecida, es ordenar a las fuerzas armadas utilizar su tecnología, movilizar sus aparataje vehicular y, en conjunto con las organizaciones sociales, laborales y poblacionales, siempre bajo la guía y conducción de la autoridad civil, tomar el control de ciudades, carreteras y puertos, a objeto de coordinar no sólo la ayuda nacional y extranjera sino, también, dar garantías de orden y seguridad a millones de personas que en esos difíciles momentos se obnubilan ante los hechos del desastre.

Sin embargo, parece que en La Moneda tenían una lectura distinta de los sucesos, ya que allí se reaccionó sólo cuando algunas personas saqueaban tiendas y supermercados, sobrepasando a las policías que, siendo realistas, tenían a la mayoría de sus miembros ocupados en tareas de rescate, comunicaciones y ayuda directa en sitios estragados.

Pero si tenemos que hablar, directa y derechamente, de delincuentes, entonces nos vemos obligados a mencionar con indignación el actuar de algunos empresarios que en estas materias criminales se llevan la palma de oro, muy particularmente los dedicados al rubro de la construcción. ¿Cuántos edificios de altura, prácticamente nuevos, colapsaron con este sismo? ¿Cuántas casas de poblaciones y villas construidas “para la clase media” resultaron seriamente dañadas o quedaron inhabitables? Empresarios que no solamente son inescrupulosos sino, definitivamente, ladrones, predadores, un peligro para la sociedad.

El investigador Juan Pablo Moreno ya me había advertido un punto relevante, que será capital en los conflictos financieros, judiciales, sociales y políticos que se avecinan por los desastres causados por las construcciones de pacotilla, que han originado desastres y muertes en los barrios de la "clase media emergente".

Muchas veces conversamos respecto del desastre que podía ocurrir en la Región Metropolitana ante la evidente y visible falta de calidad de construcción en muchos edificios de departamentos -destinados a la llamada clase media emergente- en comunas de la Región Metropolitana (RM), como Santiago Centro, Ñuñoa, Independencia, Recoleta, Conchalí, Cerro Navia, La Florida, Macul, Maipú etc.

Juan Pablo Moreno me señaló que un gran terremoto en la RM podría ser la prueba, al costo quizás de centenares o miles de muertos, de esa estafa visible de las inmobiliarias y constructoras, realizada con la complicidad institucionalizada de las direcciones de obras de los municipios, que desde la dictadura dejaron de controlar realmente la calidad de las construcciones al recepcionarlas.

Pero, como es habitual en Chile, poco y nada les ocurrirá desde el punto de vista penal a esos empresarios. Como poco y nada les sucederá también a los funcionarios públicos de Municipios y Serviu que certificaron la entrega de tales viviendas sin haber realizado un trabajo técnico riguroso.

Es en este punto donde el sistema neoliberal presenta uno de sus tantos flancos débiles, ya que antiguas edificaciones –construidas por organismos fiscales en la época de un estado protector- resistieron de mejor forma que las nuevas edificaciones (hijas del dios ‘mercado’) los embates de la naturaleza cuando la tierra, una vez más, se nos puso chúcara y tuvimos que montarla en pelo.

¿De qué se quejan hoy televisión, políticos y prensa ‘oficial’, si ellos mismos, durante 30 años han lenguajeado respecto de lo magnífico que es este sistema neoliberal, consumista, nada solidario e individualista? Si ellos critican hoy a quienes no tienen intenciones de colaborar económicamente con las orientaciones mediáticas que muchos dirigentes políticos y empresariales entregan vía prensa, significa que están intentando borrar con el codo lo que el mismo establishment construyó de manera cínica hasta las 3.34 horas de esa madrugada del sábado 27 de febrero.

Pero, como en Chile el hilo siempre se corta por lo más delgado, los productores de la televisión, junto a los principales ‘rostros’ de esas empresas mediáticas, han decidido que sean los trabajadores y los pobres quienes financien con sus escuálidos salarios los recursos para subsanar las heridas que dejó el terremoto.

Nada nuevo a este respecto, pues Mario Kreutzberger (Don Francisco) ya propuso –y se le aceptó- realizar una maratón televisiva en la que los mismos damnificados deberán costear el financiamiento de sus propias soluciones, agregando por cierto el respectivo alto porcentaje de ganancias para quienes administran la idea y, obviamente, para las empresas que ‘solidariamente’ participarán en la telemaratón.

Como es habitual en Chile, las desgracias –sean naturales o no- son transformadas por el sistema en beneficios económicos y políticos para los poderosos de siempre, farandulizando la catástrofe y exprimiendo el escuálido bolsillo de quienes son, precisamente, los damnificados en una u otra medida. ¿Y no había sido el mismísimo ministro democristiano de Relaciones Exteriores quien aseguró al mundo que Chile no necesita ayuda internacional, ya que somos un país rico y autosuficiente?

Sin embargo, este ‘país rico y autosuficiente’ impetra hoy a los más pobres meter sus manos a los bolsillos y financiar lo que correspondería al Estado y a las empresas criollas y transnacionales.

Una vez conocida la indesmentible incapacidad ante los desastres naturales que mostró el gobierno concertacionista, han surgido voces -‘rogándole al Señor’- impetrando porque llegue luego el 11 de marzo para que Sebastián Piñera asuma el gobierno, como si ello fuese a provocar algún cambio real positivo (o mejoramiento concreto) en las actuales estructuras socioeconómicas que asfixian y dividen a las mayorías del país.

Por el contrario, de aquí en más podríamos asistir a la aplicación de políticas “de choque”, de esas que tanto gustan a algunos dirigentes conservadores y de gremios empresariales que siempre optan por copiar lo que otros ultramontanos, allá en el gran país del norte, realizan cuando se les viene encima un problema o una tragedia.

El ex presidente estadounidense George W. Bush debe haber abierto el apetito a muchos derechistas chilenos cuando al finalizar el año 2001 aplicó las medidas económicas y políticas que todos conocen luego del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, restringiendo además (y severamente) los derechos civiles de los ciudadanos norteamericanos.

Amén de haberles abierto también ‘pedagógicamente’ los ojos con la nula reacción que tuvo ante el desastre dejado por el fatídico huracán Katrina en New Orleáns, la ciudad menos ‘high’ y menos ‘white’ de todo el país yanqui, en una muestra de racismo que pocos pusieron en duda en aquellos días.

Hoy, gracias a la tragedia ocasionada por el terremoto y, muy especialmente, merced a la inoperancia inexcusable mostrada por el gobierno que encabeza Michelle Bachelet para enfrentar con oportunidad y eficacia los primeros días de la crisis, el establishment dispone de argumentos para desviar la atención pública y militarizar zonas donde el quehacer de la administración central –en cuanto a satisfacer las necesidades desglosadas de la ausencia de servicios básicos, alimentos y medicinas- fracasó rotundamente, dejando puertas abiertas a la irrupción de vándalos que, ante la ausencia de una oportuna respuesta oficial, creyeron contar con chipe libre para alhajar gratuitamente sus hogares con electrodomésticos de última generación, siguiendo las enseñanzas que durante 30 años la televisión y el sistema mismo han machacado diariamente.

A partir de lo anterior, el establishment tiene en sus manos una presea dorada: el control social de Chile mediante la presencia de militares en sus calles no sólo durante el tiempo que se requiere para reorganizar la vida rutinaria (lo que además de necesario es imperativo) sino, definitivamente, durante el período que el nuevo gobierno crea satisfactorio en cuanto a construir el andamiaje ultra conservador que necesita para patentar la nueva estructura socio-económica, la cual, más tarde, intentará oficializar mediante leyes tan atadas como las que nos heredó Pinochet.

Bush jr. dio el ejemplo, y Bachelet la oportunidad, pues todos estos avatares apuntarían definitivamente a golpear sin misericordia a las organizaciones sociales (laborales, estudiantiles, poblacionales) que se encuentran dispuestas y prontas a impetrar sus derechos.