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hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

domingo, 3 de enero de 2010

Territorio y memoria: repaso a la claves para la construcción de otro mundo posible

José Javier León

Haciendo una apretada síntesis he llegado a creer que el capitalismo se sustenta en dos operaciones básicas: la desterritorialización y la desmemoria. Las fuerzas del capital desplazan, arrancan, expropian, expolian, las tierras a sus habitantes originarios, quedando éstos “literalmente” en el aire, a merced de los “vientos del progreso” y al garete asentados en lugares accidentales, contingentes. Las fuerzas del capital necesitan territorios para la explotación y mano de obra empobrecida. No pueden detenerse ante los obstáculos, sean seres humanos, biodiversidad, o simplemente ante lo hostil o inhóspito. Las fuerzas del capital son ciegas. Tienen su propia lógica, y arrastran todo a su alrededor. Tienen cierto carácter de inexorabilidad, o en todo caso, no es fácil preguntarles por qué hacen lo que hacen, sin recibir como respuesta: es el progreso. El hecho es que las poblaciones que ocupan un determinado territorio son desplazadas por la acción de las fuerzas del capital y trasladadas (en algunos casos arrojadas) a asentamientos provisionales, precarios o con diversos grados de planificación.
Cuando llegan las fuerzas del capital, lo que se rompe es la unidad territorio-memoria, sobre la cual se levanta la economía (oikos, casa, nomos, ley), el gobierno de la casa. Las personas arrancadas de su territorio pierden (comienzan a perder irremisiblemente) su memoria y, por lo tanto, su eco-nomía. Sin territorio ni memoria, quedan obligados a “trabajar” de la única forma que lo permiten y consienten las fuerzas del capital. Este trabajo no satisface directamente las necesidades de la población, es un trabajo in-útil (abstracto) pues “sólo se produce aquello que es capaz de contribuir al proceso de valorización del capital”2. Los productos para el consumo vienen de lejos, y son expedidos por centros de venta que comparten –como la fábrica, la universidad y el barrio3- la misma naturaleza suspendida, flotante, des-territorializada (es posible que algún centro comercial exhiba algunos iconos del territorio ocupado, sobre todo para producir algún lazo afectivo con los “lugareños” y para mostrar a los desarraigados de todas partes que las fuerzas del capital tampoco olvidan, recuerdo el suyo que amortigua y celebra la desaparición de la memoria y los signos originarios del lugar, separándolos definitivamente del territorio y colocándolos en el aire –en las vitrinas, adornos, estanterías-, donde serán adquiridos y consumidos por cualquiera sin ser comprendidos ni aprehendidos puesto que en ese espacio carecen absolutamente de sentido). Son productos igualmente des-territorializados.
Antes de la llegada del progreso, el “trabajo” (concreto)4 esta(ba) relacionado de modo directo a la memoria, al conocimiento del lugar, a la estrecha interacción de los habitantes con su territorio en compleja unidad œconómica. Descuajados de sus territorios y puestos a trabajar según las fuerzas del capital, la antigua memoria queda sin efecto, y la nueva, poco a poco aprendida, se traduce en productividad y eficiencia.
Despojados de cargas telúricas y atávicas, las personas son “obligadas” (quedan sin opción, pues dejan de existir espacios alternativos, no-capitalistas, donde desarrollar una economía articulada a la memoria y el territorio antiguos… lo que estamos construyendo en la República Bolivariana de Venezuela es, precisamente, la posibilidad de “optar”…) son obligadas, decía, a “trabajar” en los “puestos de trabajo” (de) que dispongan las fuerzas del capital. No habrá para todos, ni mucho menos “suficiente”. De hecho, hay muy poco trabajo. Como dice Álvarez Puga, con “la actual lógica financiera, el pleno empleo es una meta totalmente inalcanzable”5.
Valga acotar que las personas con territorio y memoria son, precisamente, personas, pero sin territorio y memoria podemos hablar de no-personas o de sujetos des-personalizados. Sin territorio son, claro está, seres humanos y por lo tanto tienen derechos, pero he aquí que el derecho fundamental, base de todos los demás, es el derecho al territorio, porque sobre este, sobre el territorio, es que puede levantarse la vida y la memoria (la lengua, las tradiciones, la cultura). Citemos expresamente aquí a Carlos Walter Porto-Gonçalves: “El territorio no es simplemente una sustancia que contiene recursos naturales y una población (demografía) y, así, están dados los elementos para constituir un Estado. El territorio es una categoría espesa que presupone un espacio geográfico que es apropiado y este proceso de apropiación –territorialización- enseña identidades –territorialidades- que están inscritas en los procesos siendo, por tanto, dinámicas y mutables, materializando en cada momento una determinada orden, una determinada configuración territorial, una topología social”6. Se dirá que aún sin territorios siguen siendo seres humanos, y es verdad, sólo que como tales serán el mudo o ruidoso grito exigente de tierra y memoria.
En el nuevo territorio funciona una memoria operativa, que los trabajadores deben memorizar, hasta adaptar sus movimientos, sus actividades, sus “decisiones” a la neo-memoria (práctica e instrumental). De más está decir que el mejor empleado, el trabajador-del-mes es aquel en el que ya no asome la memoria original.
Esta neo-memoria se aprende y se conoce exclusivamente en el neo-territorio, el modulado por las fuerzas del capital, y son éstas las que van creando los dispositivos de memorización, desde los manuales, instrucciones y normas, hasta las mismas especializaciones universitarias, pasando por todos los niveles de escolarización (que son a su vez mecanismos de control social). Se trata de la construcción de neo-memoria, sobre la base de un neo-territorio (el territorio de la racionalidad moderna). Las escuelas y universidades son típicos ejemplos de desterritorialización y de consecuente desmemoria. De hecho, las personas que en esos espacios “estudian” lo hacen realmente en territorios suspendidos, ingrávidos, desprendidos de la realidad, desconectados, y lo están sobre todo porque de lo que se habla no es de la realidad sino, de otra (supuesta, superpuesta) realidad, que funciona de acuerdo a leyes, y que en general se puede medir y cuantificar. El “soporte material” de esta realidad son las ideas, los conceptos, las teorías. Esta “realidad” tiene su propia historia. Tiene además, innúmeros especialistas. En cualquier caso una vasta tradición académica.
De esta realidad(y no de la otra, la desplazada por las fuerzas del capital, la vinculada a personas y territorios, a seres humanos arrancados de sus lugares de origen y obligados a vivir suspendidos, agarrados de apenas unas tablas –poesía, cuentos, canciones, bailes, danzas, medicinas, alimentos- para mantenerse a flote y ser testimonios, presencias de una antigua existencia).
es de lo que se habla y se discute interminablemente en las escuelas y universidades (también y necesariamente) suspendidas, separadas (pero vivir en el aire es su modus vivendi) de aquella realidad remota. La discusión en estos territorios aéreos (Topus uranos) es interminable y sin límites (es la arcadia de los bizantinismos). Cuando se llegan a aporías o simples contradicciones, se desechan, o bien, se echan a un lado, o se las deja correr por el caño de la filosofía, especializada en lenguajes especulares. Los que allí “estudian” sólo pueden estrictamente “memorizar”, es decir, adquirir con suma dedicación la memoria que hace posible “vivir” y operar en ese “territorio”, en el territorio del “saber”, del “conocimiento”, de la “ciencia”. Memorizar hasta que llegue el momento en que parezca como si los “movimientos” y “acciones” no respondieran a esa nueva memoria. Sin duda que existen quienes se mueven en la neo-memoria como peces en el agua, sin fricciones, y hasta “naturalmente”. El mejor trabajador es el que ha logrado internalizar las normas, las técnicas, los procedimientos. El que cumple todas las órdenes sin ripostar (expurgado de atenuantes morales incluso) y que en ese caldo de inepcia incluso es “creativo” y “proactivo”, se adelanta a las órdenes de su operador y hasta lo supera, pensando por y como él.
Este sujeto despersonalizado, sin territorio y sin memoria, sólo tiene (si algo tiene) “lo que sabe”, esto es, la memoria que le permite sobrevivir en ese nuevo territorio, cuya violencia expansiva nos (intenta) convence(r) de que es el único territorio posible, y que ya no existe(n) otro(s). La esperanza, la luz al final del túnel, tiene que ver con la posibilidad de que exista (sobreviva, sea posible) un territorio donde podamos ser personas (con memoria, es decir, sujetos).

Además de “lo que sabe”, necesita un “cuerpo” para sostener este saber. Como cuando tenía territorio y memoria y aprendía con todo el cuerpo, en el nuevo territorio y la nueva memoria se aprende con un cuerpo en particular, un cuerpo abstraído, arrancado de la realidad, del territorio y la memoria y luego modelado por las fuerzas del capital (en tanto que cuerpo sin territorio ni memoria hablamos de un cuerpo sin lengua materna, en cualquier caso con una lengua materna desencajada, desarticulada, como deshuesada y des-almada; otra vez –y esta vez, definitivamente- sin cuerpo). No se requiere una fuerza especial, ni siquiera una prestancia o un porte determinado. El “puesto de trabajo” en todo caso dicta el cuerpo, más bien el “tipo” de cuerpo, las características de ese cuerpo según el puesto. En las maquilas, por ejemplo, el “cuerpo” de las mujeres (abstraída claro está la condición de madre) y de los niños son mucho más apetecidos que el de los varones jóvenes o adultos. Como se ve, en el nuevo territorio basta “saber” (saber sin imaginación y sin memoria) algo en particular, y basta adaptar el cuerpo a ese algo particular, específico.
Sobre este territorio opera ahora una memoria distinta, en nada adaptada a las circunstancias propias de algún territorio original (no hablo ni siquiera de los imposibles pre-hispánicos o ancestrales, sino de esos que reconocemos como propios porque han nacido allí nuestros hijos, el lugar de los amigos y las fiestas, de las relaciones y los apegos, el lugar de nuestros orígenes, de nuestros primeros sueños, dolores y deseos, lugares de los que somos sin embargo aventados por las fuerzas centrífugas del capital, que nos arrastran con su anomia a cualquier parte, para constituirnos en los sujetos “abiertos y flexibles” de la literatura posmoderna), se trata incluso de una memoria memorizable por cualquiera, no vicaria con respecto al territorio, una memoria operativa, instrumental, que de hecho se puede activar sobre cualquier territorio que cumpla grosso modo algunos requisitos previos. Por ejemplo, una empresa explotadora de carbón no se instalará –of course- sobre territorios sin carbón, pero salvando esta específica circunstancia, las personas que allí laboren se encontrarán desterritorializadas y desmemoriadas (con respecto a sus territorios originales), y obligadas a aprender la nueva memoria que les permita operar con eficiencia en el nuevo territorio.
Los aspectos más reacios a la operativización de la nueva memoria son allanados, reducidos hasta una expresión manejable. La memoria que llega, ordena, clasifica, racionaliza, reticula el que será el nuevo territorio, de acuerdo a la economía propia del capital. Sólo en esos términos podemos hablar de un territorio económico. Los que llegan a “trabajar” en el nuevo territorio necesariamente deben “memorizar” (aprender) y, sus cuerpos, deben ejecutar eficientemente las operaciones económicas correspondientes. La memoria anterior acaso sobreviva en algunos momentos, tal vez asome o persista en esporádicos “actos culturales”, en la aparición jocosa (sin-sentido) de exóticos restos de la antigua flora y fauna, en algunos cuentos o relatos hechos por los “antiguos pobladores” del lugar, etc.
En el nuevo territorio de más está decir que no se hacen referencias (económicas, productivas) al antiguo territorio y a la memoria que operaba en él. En otras palabras, en el nuevo territorio las personas, digamos los trabajadores, están eximidos absolutamente de referir la memoria antigua; de cualquier manera, de poco o nada serviría porque el nuevo territorio está diseñado de tal manera que sólo funciona eficazmente activando su propios mecanismos memorísticos. Apelar a otra memoria, específicamente a la anterior del lugar (y de sus lugares), es improductivo y contraproducente (inútil y hasta peligroso). ¡Qué digo! Se la recordará, sí, pero en los museos y en los libros de historia, lugares donde se verifica y constata su afuera de la historia.
El territorio se llena pues de memorias improductivas, de restos y fragmentos: memorias en ruinas. En esos lugares se vive, pero lo que aquí se dice vivir es el tiempo en el que no se está digamos en la fábrica actuando según la memoria memorizada, aprendida, operativa del nuevo territorio.
Una vez que las fuerzas del capital desplazan a una población y sobre sus territorios levantan puestos de trabajo para una parte de esa población desplazada, la memoria que comienza a operar es la nueva, la memoria económicamente productiva, acorde con la nueva disposición espacio-territorial. Los barrios o los asentamientos son (como diría Appadurai “comunidades sin sentido de lugar”)7, y al igual que la fábrica, espacios reticulados, ordenados según una economía espacial desvinculada de la memoria original y por ende de la antigua productividad y economía, y conectada necesariamente a la nueva memoria capitalistamente productiva. En esos espacios (los barrios, las urbanizaciones, etc.) la antigua memoria (en verdad sus restos cada vez más evanescentes –a mayor desarrollo menos memoria-) flota despegada de la tierra (en una suerte de “nebulosa espacio-temporal”), y no se traduce en acciones determinantes, decisivas, salvo en algunos gestos, casi ripios de nostalgia, sobre el nuevo territorio. Se puede “vivir” incluso, hasta en espacios de dos metros cuadrados, y ser, en los términos del nuevo territorio y su memoria operativa e instrumental, económicamente eficientes. Lo que se convierte en un verdadero acto de heroísmo, de heroísmo cotidiano, es ser en esas condiciones simple y llanamente humanos.

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