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hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

jueves, 26 de noviembre de 2009

El anochecer de los guerreros

Rafael de la Morena
En el invierno de 1878 a 1879, los cheyennes protagonizaron su última epopeya, digna de las grandes hazañas militares de la historia, para salvar la vida tribal del exterminio por los colonos blancos y el gobierno estadounidense.
En 1877, los cheyennes dejaron el sendero de la guerra. El general George Crook y el teniente William Clark les aseguraron que si la reservación asignada, en el llamado Territorio Indio de Oklahoma, no les gustaba, podrían regresar al norte.
Un total de 937 cheyennes llegaron al asentamiento el 5 de agosto. En la reservación, el calor, la escasez de agua y las reducidas raciones comenzaron a diezmarlos; los jefes Lobito y Cuchillo Mellado se quejaron en el fuerte Reno, pero al secretario del Interior, Carl Schurtz, no le importó.
Los cheyennes, próspera tribu de las praderas, llamados “el bello pueblo”, con fama de invencibles, ahora reducidos a solo 400, cansados de esperar, se dispusieron a la lucha. Un joven expresó al agente Miles: “Iremos al norte a toda costa, y si morimos en combate, nuestros nombres serán recordados y queridos por nuestro pueblo”.
Lobito y Cuchillo Mellado compraron fusiles, prepararon los mejores caballos y el 10 de septiembre de 1878, en la Luna de la Hierba que se seca, 340 cheyennes -hombres, mujeres y niños-, con 95 guerreros, se encaminaron al norte.
Recorridas 150 millas, cruzaron el río Cimarrón y tomaron posiciones en sotos de cedro, en el cruce de cuatro cañones, alcanzados por las tropas. El 14 fueron atacados con artillería, que no les causó bajas, dejando atrás a este primer cuerpo de Casacas Azules.
El avance devino batalla a lo largo de Kansas. Columnas de jinetes emanaban de los fuertes Wallace, Hays, Dodge, Riley y Kearney, intentando interceptar y aniquilar a los cheyennes, pero estos no dejaban huellas a su paso. Cuando los rivales se interponían en el camino, los guerreros se abrían paso en cargas de caballería.
La infantería estableció líneas defensivas que llegaron a sumar 10 mil soldados y tres mil voluntarios; en septiembre los cheyennes fueron alcanzados en cinco ocasiones, pero lograron batirse en retirada.
En los primeros días de la Luna de las Hojas que se caen, cruzaron la línea del Unión Pacific Railroad, vadearon el río Platte y corrieron por las familiares lomas arenosas de Nebraska.
Acamparon, tras seis semanas de huida y conflicto bélico. Las mujeres y los niños no podían ir más lejos, una veintena habían caído en combate. Los jefes decidieron dividir las huestes: unos hacia el río Tongue con Lobito y los otros con Cuchillo Mellado a la Agencia de Nube Roja.
Los Casacas Azules dieron alcance al grupo de Cuchillo Mellado, lo rodearon, y como el caudillo estaba escaso de guerreros, se dejó conducir al fuerte Robinson. Varios días después escapó, porque el jefe del cuartel, capitán Henry Wessells, les cortó raciones y leña, para obligarlos a volver al sur, como mandaba Schurtz.
Cuchillo Mellado ordenó armar los rifles con las piezas que las mujeres tenían bajo las ropas y salieron al combate, eliminaron la guardia y se dieron a la fuga, tomando otra vez la ruta hacia el norte.
La Caballería los persiguió, se luchó cuerpo a cuerpo; 65 cheyennes, en su mayoría mujeres y niños, volvieron al Fuerte, y una decena con Cuchillo Mellado logró arribar a Pine Ridge, para entregarse bajo la custodia de Nube Roja.
Al grupo de Lobito no le pudieron seguir el rastro, y en la Luna, cuando la nieve cae dentro de los Tipis, excavaron refugios en las heladas orillas del Lost Chokecherry Creek, donde pasaron el invierno. En la Luna del Ojo irritado reemprendieron la marcha.
En Box Elder Creek se encontraron con Dos Lunas y cheyennes que eran exploradores del fuerte Keogh. Ellos dijeron que Clark los estaba localizando para celebrar un Consejo debido a la presión de la opinión pública, admirada por el coraje y el espíritu de lucha de los indios.
Lobito aceptó, exigió un trato justo para su pueblo y que los dejaran establecerse en su antiguo territorio; solo así entregaría las armas. Un joven recordó una frase de Cuchillo Mellado:”Todo lo que pedimos es que nos permitan vivir, y vivir en pazâ�� nos fuimos al sur, allí un cheyenne no podía vivir, por eso regresamos a casa, era mejor morir peleando”.
El teniente Clark dio su palabra de interceder, convencido de la seguridad de los sobrevivientes. Lobito pasó sus armas a los jefes del fuerte Keogh, donde los jóvenes guerreros, cuyo modo de vida tradicional había desaparecido, se vieron obligados a alistarse como exploradores en el Ejército de la Unión.
La prensa se hizo eco de las hazañas y las demandas indígenas. El Gobierno cedió, ya que por su número, los masacrados cheyennes no eran un peligro y sus mejores tierras estaban en manos de los colonos blancos.
Durante el verano de 1880, se les otorgó una pequeña reservación en la cuenca del Tongue a los participantes en la épica marcha de 150 días. Reunidos el grupo de Lobito, el de Cuchillo Mellado y los del fuerte Robinson, quedaban alrededor de 300 personas. La semilla de la tribu estaba salvada.
Cerca del exterminio, los cheyennes libraron su último combate. Pelearon a través de mil kilómetros, demostraron porqué eran considerados los mejores guerreros; en el crepúsculo del poder, dieron una clarinada desesperada, un canto al coraje y la tenacidad.
Hoy, los descendientes de aquellos indígenas se cuentan por miles, y orgullosos del pasado, aún claman justicia.

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