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hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

jueves, 1 de octubre de 2009

Debatir transiciones hacia nuevos socialismos

Javier Biardeau R
Las corrientes que son favorables a una revolución democrática y socialista en Venezuela comienzan a debatir internamente, no sin mostrar los bloqueos e inercias derivados de las supersticiones ideológicas de la izquierda despótica del siglo XX.
Las “transiciones al socialismo” requieren no solo de consignas, sino de auténtico estudio histórico, de sensibilidad y reflexión crítica, sobre todo si consideramos las condiciones de los países periféricos, sus graves desequilibrios y heterogeneidades estructurales, producto de sistemas económicos altamente vulnerables y dependientes de los vaivenes en los precios de materias primas, de las corrientes financieras, comerciales o de inversión cada vez más internacionalizadas. El Imperialismo clásico ha devenido Imperio Global del Capital.
Las transiciones al socialismo en las condiciones de la periferia no se asemejan en nada a las previsiones marxianas, y no pueden ser objeto para decisiones e ideas temerarias hacia “modelos de socialismo”, que terminan siendo “calcos y copias” de las experiencias del socialismo burocrático.
No es lo mismo audacia que temeridad. Desde una agenda que repita bajo el esquema de propaganda analizado por Tchakhotine (“La violación de las multitudes”), un consignismo propio de las escuelas de agitación y propaganda estalinista, no hay futuro alguno para la reinvención socialista; y lo menos malo en estas circunstancias, es cualificar un “programa mínimo de conquistas sociales” propio de un avanzado “Estado Democrático y Social”, análogo a los países con “alto desarrollo humano”.
Otro camino, sería facilitar lo peor, hacer realidad las distopias del imaginario orwelliano, mejor retratada por la novela “Nosotros” de Yevgeni Zamiatin. Los tiempos de la transición son tiempos de aprendizaje, maduración y de construcción de viabilidades. No hay necesidad de indigestiones doctrinarias, ni de sacar esta o aquella receta de baúles enmohecidos.
Hay que aligerar la carga de los sectarismos, para enfrentar los retos civilizatorios del siglo XXI: la cuestión ecológica, puesta en evidencia en los recientes informes internacionales sobre el desarrollo, advertida por comunidades intelectuales de pensamiento crítico y movimientos sociales desde décadas atrás; la cuestión del desarrollo a escala humana, pues no hay alternativa post-capitalista sin “desarrollo humano sostenible”, superando la exclusión, la terrible desigualdad, la miseria y privaciones que restringen capacidades y opciones de vida para millones de “condenados de la tierra”; la cuestión democrática como asunto de participación y empoderamiento popular, sin la cuál la democracia termina siendo un “teatro de sombras” manejado por “elites de poder”; la cuestión intercultural para el diálogo de civilizaciones, culturas y naciones; y la cuestión socioeconómica, por modelos de economía social y humana, dejando atrás falsos dilemas entre planificación centralizada y mercado, entre monopolio estatal o supremacía de las corporaciones privadas de los recursos productivos, entre la falacia desarrollista, su imaginario de opulencia, y quienes son aprendices del Ministerio orwelliano de la Abundancia (Minindacia), encargado de que la gente viva en escasez, al borde de la subsistencia, presionados por la clientelización de sus necesidades fundamentales.
El asunto de la transición no remite a debates estériles entre sectarismos trotskistas, estalinistas, leninistas, maoístas, guevaristas, y demás variantes derivadas de la revolución teórica marxiana. El asunto es la reinvención del patrimonio crítico del ideario socialista, democrático y libertario en su conjunto. Para provocar no solo un movimiento de “aceleración evolutiva” en los términos de Darcy Ribeiro, sino un salto civilizatorio frente a la barbarie, que se ha instalado imperceptiblemente y a cámara lenta desde tiempo atrás.
El balance de inventario sugiere la necesidad de la articulación de “capacidades políticas, científicas, técnicas y humanísticas”, del acuerdo de actores, movimientos y fuerzas sociales mostrando disposición al aprendizaje, a la creación, a la crítica. La existencia de premisas políticas e institucionales para abordar el debate socialista es solo un diminuto eslabón de esfuerzos más amplios, para ampliar los espacios de libertad, de cara a principios y valores irrenunciables presentes en la Constitución de 1999.
El eslabón clave de este proceso no es el adoctrinamiento difusionista, ni el monopolio estatal de medios de producción, ni la degradación de la esfera pública y del espacio político a simple politiquería de ventajas tácticas y cortoplacismo. Las ideas para una democracia socialista son eslabones claves de la transición. No es lo mismo un proceso popular constituyente, participativo y protagónico, que la “acción de gobierno”, pues los limites del aparato administrativo (incluso funcionando como una aceitada burocracia weberiana) no pueden sustituir jamás la construcción de una voluntad colectiva nacional-popular para el cambio.
Sin la superación del imaginario del colectivismo burocrático, despótico, oligárquico, retratada en el 1984 de Orwell, o en el originario “Nosotros” de Yevgueni Zamiatin, cualquier transición socialista no deja de ser una simple impostura.

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