hOY ATARDECÍ PENSANDO...

hOY ATARDECÍ PENSANDO... el cacique SABINO ROMERO es el niño que grita "el rey está desnudo...el rey está desnudo..."

sábado, 8 de agosto de 2009

Las tres repúblicas

Por: Roland Denis
Una INTRODUCCION
Otra Política y una visión de realidad
Tenemos de por medio la necesidad de ir produciendo las herramientas teóricas esenciales de otra política, aun no estando interesados en la tarea de reelaborar retratos utópicos de gran envoltura. Se trata simplemente de construir las bases de una visión de realidad que nos sirva de materia prima intelectual útil a la construcción política emancipatoria que en estos momentos toma cuerpo dentro del espacio disperso de las resistencias populares más orgullosas de sí mismas. Una visión que al mismo tiempo se aparte de una manera tajante y a la vez fecunda de las interpretaciones que hegemonizan el pensamiento de izquierda en nuestro país y el continente nuestramericano en general. Interpretaciones sobrellevadas casi en su totalidad por una visión plana y lineal de la realidad herederas de las escuelas marxistas mas próximas a las viejas burocracias del pensamiento socialista cuyos ecos todavía resuenan con fuerza (oíganla en su perfecto estado intelectual cada vez que se habla de la actualidad de un “estado revolucionario” hoy en Venezuela), y mucho mas en la medida en que se institucionaliza y burocratiza el proceso revolucionario que vivimos. Develar mitos y mentiras, abrir el espacio del pensamiento –aunque solo sea interpretativo y con algunos visos de estrategia- es entonces una tarea importante para liberar la acción política colectiva de las ataduras ideológicas, conceptuales y morales, que la tienen cercada .

Partimos de un hecho básico: se ha dicho que estamos en medio de una situación revolucionaria con la variante de que se trata de una revolución pacífica y por tanto democrática, apegada al estado de derecho, es decir, al orden constituido. ¿Una revolución que no violenta las viejas estructuras y estados de dominio?, ¿una revolución conservadora entonces?. Esto en sí mismo no quiere decir nada que tenga algún sentido, salvo de que existe una tensión evidente que desde las afueras del sistema de dominio intenta acabar con él por vía revolucionaria y que no es precisamente una guerrilla escondida en el monte. Pero que este a su vez, sintiéndose en peligro de sucumbir ante esta presión externa, busca desesperadamente encontrar mecanismos que le permitan sobrevivir en el tiempo hasta retomar el control político pleno sobre realidad fracturada, y que no son precisamente los conocidos métodos que oscilan entre las variantes democráticos-liberales o dictatoriales, los que han dispuesto para tal fin. Lo “pacífico” no es entonces ninguna definición, es en todo caso una constatación de que ninguna de las dos pulsiones se ha decidido a enfrentarse violentamente y abiertamente con la otra (casi casi en 2002 pero ni siquiera). La violencia es una bulla asesina que mata a muchos, no precisamente ricos, pero que aún no destroza a nadie.
El sistema piensa y decide en medio de su crisis
Empezamos por referirnos a los caminos por donde un sistema sobrevive a su propia crisis, es decir, el modo desde el cual una situación particular de dominio comienza a fracturarse y perder poder sin hacer agua las estructuras básicas de poder que lo soportan. Por ello, antes de seguir aclaremos una cosa importante: consideramos que el “el sistema” (capitalista, estatal, liberal y a la vez imperial) es un alguien con alma propia, con relaciones sociales de poder intencionadas y codificadas a su interno, con cerebro y objetivos. Un gran cerebro metabólico como dice Mezzaros, o un “Uno” como dirían los filósofos, y no simplemente una suma fría de estructuras que dominan por la fuerza de su peso y el miedo colectivizado frente al poder. El “sistema” en su arboleda institucional ciertamente nada produce, todo lo explota y lo expropia, sin embargo, esta misma condición de mando le obliga a construir su propia “razón” y su propia “intención”, es decir, su propia condición de sujeto. Un sujeto vacío de sustancia, tal y como definía Marx al capital, pero un sujeto al fin. Ahora bien, este sistema tampoco es una corte divina que ejerce sus mandatos desde los cielos. Su condición global no es más que la victoria realizada de muchas batallas particulares que han permitido que una inmensa proporción de los territorios y culturas humanas regadas por el planeta terminen siendo colonizadas por la lógica del capitalismo y el régimen nacional-transnacional de estado, nacido hace unos de tres siglos en los márgenes occidentales del continente europeo. En una idea prevista por Marx, se trata de la progresiva subsunción real y universal del trabajo bajo las normativas explotadoras y administrativas del capital. Nuestro país en forma conjunta al resto del espacio nuestramericano no es más que uno más de esos lugares en donde “el sistema” ha podido imponerse de manera singular y específica. Pero también un lugar más donde ese sistema, no solo es su faz económica y más sistemática, sino en la profundidad de sus relaciones de dominio se hunde en una crisis muy particular, protagonizada por sucesivas rebeliones sociales y fracturas políticas internas. Desde esta perspectiva, es importante observar como esa alma conservadora por naturaleza del sistema, cuando entra en crisis dentro de un espacio nacional como el nuestro, desde el momento en que comienzan a producirse fracturas que lo hacen moverse en el desespero, cual movimiento mágico de mercado, ha sabido inventar novedosas vías de preservación, aún perdiendo dominio, llegando incluso a utilizar la psicosis propia –el quebrantamiento interno- como forma de perseverancia.

La razón de este escrito: dos es igual a tres

No sabríamos decir si alguna síntesis dialéctica le espera a esta historia, ojalá que no, ojalá que esto que nosotros vivimos, ciertamente no sea mas que un pequeño y confunso preludio de una gran transformación continental que ponga de verdad a temblar al capitalismo mundial. Pero esto dependerá de nuestra voluntad e inteligencia política, no de la teoría ni de las interpretaciones. En todo caso, cualquiera puede constatar que sobre esta tierra se han abierto dos pulsiones antagónicas incrustadas dentro de la misma confrontación de clases que se vive. Una que se fuga del orden, otra que lo recompone a como de lugar, y que no se han quedado quietas ni resueltas a rendirse. Por el contrario, cada quien ha puesto sobre la mesa una infinidad de acertijos, dudas y respuestas parciales, impulsados por la presión destructiva de su par antagónico descrito en sus diferentes versiones mediáticas perfectamente conocidas y repetidas a diario: oficialistas, chavistas, escuálidos, burócratas, oligárquicos, burgueses, pequeñoburgueses, imperialistas, corruptos, hampones, comunistas, anarquistas, etc. Versiones que no son simples caretas que uno monta sobre otro, aunque efectivamente existan, ellas en realidad son utilizadas como parte de un guión de batalla mucho más profundo y complejo de entender.

Entremos ahora en la tesis de este trabajo. Estando en una conversación de alto vuelo vociferante, muy comunes en las alegres cervecerías orientales, en un momento dado apareció una imagen que podría parecer exótica pero que a la final resultó ser una forma coherente y útil de dibujar nuestro presente. En síntesis se dijo que: la revolución bolivariana (nos referimos a la rebelión varias veces aplastada, truncada y a la vez continuada que se muestra por primera vez el 27 de febrero del 89) es la primera en la historia propia que en vez de destrozar el sistema político nacional, por un lado le otorga una vía de salvación, pero al mismo tiempo lo lleva a entrar en semejante crisis que lo termina quebrando a su interno en tres grandes espacios de poder; poderes que con la misma discusión terminamos llamando “repúblicas”.

Fuimos entonces por partes para entendernos mejor. El “Uno” (“el país, la nación, el sistema democrático, el orden capitalista”) como ya sabemos, en realidad esconde un “Dos”. Es decir, lo que se ofrece como ideología primaria: nuestra participación dentro de una realidad única bajo la cual todos y todas somos considerados como iguales y participantes libres de un sistema y un orden de estado que nos reconoce como tal, en verdad, no es más que una manera increíblemente engañosa y seductora de esconder el despotismo bestial que existe entre quienes tienen capital y los que no tienen propiedades mayores. Entre quienes son los verdaderos “libres e iguales” y quienes se encuentran bajo su mando, en nuestro caso, seres marginados, rebuscándose como pueden o vendiendo su fuerza de trabajo. El “Uno” es en verdad un “Dos”, esa es la realidad de todo el capitalismo y principio del materialismo histórico. Pero cuando el sistema que ampara todo este orden de dominio entra en crisis en un contexto tan particular como el nuestro, y a la manera en que aquí se han dado las cosas, entonces concluimos que ese “Uno” que universalmente en realidad es en un “Dos”, se termina partiendo en “Tres” (por tomar dos antecedentes históricos de tal tres, es exactamente lo que pasa en la revolución francesa cuando aparece desde sus primeros momentos un “tercer actor” político que llamaron “tercer estado” o la aparición desde la primera rebelión de 1905 en Rusia del “poder de los soviets”). Dos más uno, dos en clave de dominio, uno en clave de liberación. Dos repúblicas con proyectos y estructuras de dominación distintos y una “república autogobernante y constituyente” que se fragua por fuera de las instituciones del orden dominante. Dos que se confrontan por el uso y dominio de la renta petrolera desde la perspectiva del amo, del sistema, del dueño capitalista, pero con distintos posicionamientos geopolíticos e incluso de clase (cierta clase media –que hay que caracterizar- enfrentada a cierta burguesía –que hay que caracterizar-), y una “otra”, que está muy lejos de ser una utopía consumada, muy lejos de liberarse por completo de la cantidad de bisagras que lo someten al sistema, pero, aún así, ya es un “tres”, un “otro”, que nace y le da pleno sentido a eso que llamamos “revolución bolivariana”. Es el terreno de conciencia, de autogobierno, de autogestión, de liberación territorial, que se ha ganado y sigue ganado por parte del pueblo organizado y no administrado por las maquinarias inmediatas del sistema estatal y capitalista. Es esa otra parte que ya no actúa desde la perspectiva del amo, sino de aquel que ya no quiere a ninguno por encima (o sí, “pero solo Dios y por debajo no quiere a nadie”, como decía la señora en Paraguaná por allá en el 2004, caliente por el destroza que estaban haciendo los burócratas de turno de las UBE’s, Unidades de Batalla Electoral, utilizadas como espacio autogobernante para enfrentar el referéndum presidencial), se presente como se presente, exquisito y burgués, tal cual es, o enmascarado y repitiendo los sonidos del “otro” rebelde para disfrazar lo que es.

La historia que nos llevó hasta estas tres

Esta historia se ha forjado a partir de varios acontecimientos particularmente importantes. La historia es muy larga y rica, un hilo que sin duda nos ha dejado una cantidad de herencias libertarias llenas de magníficos acontecimientos de muchísima importancia. Si tomamos lo que fueron las resistencias indígenas y negras durante la colonia, ya tenemos un fabuloso cuento que echar y que hoy en día comienza a tener una relevancia espiritual, política y orgánica de enorme trascendencia, gracias a la revitalización de esa historia producto de la rebelión negra e indígena actual. Otra historia formidable es aquella que une las luchas de independencia y su legado emancipador y americanista con las luchas campesinas que se extienden hasta el siglo XX. Una herencia más que reconocer y que sacar por cierto de las mitologías oligárquicas y militaristas de uso común hasta nuestros días. Pero sobre esto ya hay mucha escritura. En nuestro caso quisiéramos hacer énfasis en dos hechos de orden nacional y mucho más próximos en el tiempo, que en nuestra opinión terminan de abrir paso a dos fenómenos principales: uno es el liderazgo que se forja alrededor de Hugo Chávez a partir de los años noventa, y el otro, son estas tres repúblicas que nos interesa caracterizar.

El primero de estos acontecimientos se produce en el curso de los años sesenta, paralelamente a la rebelión planetaria que estalla para entonces. Nos referimos al estallido de la guerra revolucionaria entre los años 61 y 62 que en Venezuela tiene la particularidad única a nivel continental de haber juntado en ese desafío no sólo a la totalidad de la izquierda de entonces (PCV, MIR, fundamentalmente) sino a todo un contingente de militares, grupos políticos de centroizquierda (entre ellos la figura emblemática de Fabricio Ojeda) y colectivos populares, que hicieron de ese acontecimiento el punto de partida de un escuela de pensamiento político profundamente radical, crítica y antisistema, con gran arraigo dentro de los que serán para entonces y a posteriori –años setenta y ochenta- las luchas populares en general. La lealtad a esa historia frustrada pasó a ser entonces uno de los pilares básicos de una revolución posible, necesaria y querida, que no pudo ser borrada del matero pensante y actuante de aquellos luchadores dispersos que sobrevivieron a la derrota, por la acción institucionalizante de la izquierda que se vendió al sistema después de abandonar las armas.

El otro acontecimiento fundamental es obviamente el que se centra en la rebelión popular del 27 y 28 de febrero del 89, hija a su vez de ese espíritu rebelde que no logró ser aplastado. Si algo no pudo conquistar la historia de los sesenta, a parte de sus objetivos de poder, fue el convertirse en una auténtica insurgencia popular, dirigida y protagonizada desde sus bases organizadas. El mando pequeñoburgués de todo esto nunca fue desbordado por un mando colectivo mayor y mucho más auténtico. Posiblemente las condiciones subjetivas para ello estaban muy lejos de alcanzarse. Esa aparición deseada, pero a la vez fortuita y totalmente explosiva del sujeto popular en la historia sólo tendrá lugar el 27F. Esa monumental rebelión nos ha dejando un legado de autonomía y confrontación frente a la razón política de partido y frente a la obediencia del orden republicano burgués, que sin duda superará con creces el espíritu de insurgencias pasadas, volviendo a poner sobre el tapete no solo el reto por un revolución auténticamente democrática y popular sino la constitución de órdenes socio-políticos junto a espacios culturales y productivos, que rompan definitivamente con la lógica nacional-estatal-capitalista, del orden moderno. De allí el carácter constituyente que desde un principio, antes de incluso de los golpes del 92, adquiere lo que en el futuro llamaremos “revolución bolivariana”. Pero desgraciadamente el 27F. no sólo está inundado de virtudes. Aquel acontecimiento también nos reveló con claridad las limitaciones históricas en que estamos hundidos como pueblo. Limitaciones que ya se venían manifestando en el foquismo de los sesenta, y que tienen que ver principalmente con la no existencia de una o varias estructuras permanentes y sólidas de articulación y síntesis donde se manifieste de manera refleja el protagonismo popular naciente. No hay ni antes ni después del 89 órdenes autónomos clasistas capaces de ordenar y proyectar políticamente los acumulados de ese poder. Esta limitación, primeramente impide que ya en el 92, aún con los niveles insurreccionales logrados dentro y fuera de los cuarteles, se garantice una victoria revolucionaria para entonces. Pero además hay otras dos consecuencias de mucha importancia. Una tiene que ver con este carácter a muy a posteriori en que se comienza a articular este poder, que además se manifiesta de una manera muy distinta a la de un ejército insurgente, un gran partido o frente revolucionario o una suma de movimientos, como era de esperarse. La “otra república” a la cual ya comenzamos a referirnos sólo la veremos nacer y empezar a tomar forma, muy débilmente hasta hoy, años después de que se sucedan un conjunto de eventos políticos, bajo la expresión de un poder popular autogobernante y disgregado territorial y socialmente. No obstante esto no pudo suceder hasta hoy, sino a través de la fabricación colectiva de un liderazgo externo y personalizado -y cada vez más externo y personalizado como lo prueban los hechos- que ha servido en primer lugar de gran bisagra unificante para el movimiento popular, pero a la vez se ha mostrado a sí mismo como una clara evidencia de nuestra incapacidad hasta el presente de barrer con el orden constituido. El liderazgo de Chávez es sin duda un fiel retrato de las virtudes como de las grandes limitaciones de los dos acontecimientos principales que ayudaron históricamente a darle los primeros respiros a la revolución bolivariana, así como del producto subjetivo que estos acontecimientos generaron.

Chávez el líder de todos

Siguiendo entonces con este punto que tiene que ver con el liderazgo de Chávez, hagamos ahora otro paréntesis importante. No es el problema central, pero inevitablemente hay que tocarlo. Si la revolución bolivariana hoy por hoy tiene como ecuación ese dos más uno, pero si ella además está precedida por un conjunto de limitaciones estructurales y subjetivas propias del movimiento popular, entonces se hace mucho más fácil comprender esta cuestión tan confusa que gira alrededor de Chávez como dirigente revolucionario y a la vez como presidente del estado garante de la reproducción del sistema y del orden constituido. La confusión como vemos no es nada teórica, ni tiene nada que ver con las repetidas dudas acerca de si el hombre es más o menos caudillo, más o menos populista, si es de verdad verdad un revolucionario o no, si es el nuevo mesías de la revolución mundial, o si es un agente vendido al imperialismo, o esta imbecilidad escuálida del “dictador en potencia”. La confusión callejera que analizamos es esta vaina incomprensible para demasiados, del porqué gran parte del campo más estrecho que gira alrededor del presidente, o del “chavismo” mas connotado, es a su vez el más cuestionado, el más rechazado y en algunos casos el mas aborrecido en el propio terreno del “proceso” que sigue siendo muy grande. ¿Este hombre es de verdad inocente, no lo es?. Claro que no lo es, el “entorno es igual al entornado” me decía hace poco un amigo argentino, pero es que nadie en el hecho político lo es, por lo tanto, su condición de culpable no aclara nada. Además, como ya lo dijo Pancho Villa, “en la revolución hay dos bandos, nosotros y los hijos de puta”, y, por mas culpable, sería un poco difícil poner a Chávez en el campo de los “hijos de puta”. Hay hechos, constancias y sentimientos que lo harían más que imposible. La respuesta por tanto no está en el personaje o su entorno o sus estilos o sus decisiones incomprensibles, la respuesta no es ni moral ni personal, está en la propia crisis del sistema. Aborrecido, amado, endiosado, respetado, o como sea, una figura como la de Chávez y su inmenso liderazgo, se convierte efectivamente en un imprescindible pero para todos, no sólo para el “pueblo revolucionario”. Lo es para las dos primera repúblicas y por supuesto para la tercero también.

Razones: en primer lugar, miremos las cosas desde el lado de la conservación. La crisis producto del desarrollo de la rebelión continuada, terminó de destrozar la poca y muy clientelar institucionalidad con que contaba el sistema. La destroza no en sus formas básicas sino fundamentalmente en su cometido ético-burgués: la misión de ser la máquina garante del sistema de leyes y la supuesta justicia que deriva de ellas, de la eficiencia y la honestidad del estado, de ser un sistema o un orden constituido con una clara división de poderes. Y lo destroza en uno de los aspectos más importantes dentro del sistema liberal-burgués: la impersonalidad de las instituciones. Dentro de un orden liberal el “sistema”, el “Uno” ya no es el “rey”, es su maquinaria institucional. Pero para su desgracia, todo esto se va al agua, aunque no destroza al sistema de dominio como tal, las estructuras duras y esenciales que garantizan el par antagónico de trabajo y capital. Es aquí entonces que el “liderazgo carismático y movilizador”, propio del liderazgo populista del cual habla Ernesto Laclau, o el “cesarismo democrático” del cual habla Gramsci, es el único que puede garantizar la sobrevivencia del estado y del orden mismo, y con él la paz o la supuesta paz social, garantizando al menos algunas respuestas ante las demandas sociales inmediatas. Cada quien a su manera, Chávez, chavistas y escuálidos lo han reconocido. Chávez no se cansa de decirle a todo el universo reaccionario y proimperial de la nueva derecha y el orden económico que la sostiene, que se imaginen que hubiese pasado con ellos si no fuera por él. Y efectivamente, si miramos hacia atrás en los comienzos de la rebelión, su continuidad a través de la insurrección popular y la destrucción sucesiva del viejo estado ya era un hecho. Sin Chávez hubiésemos entrado rápidamente en un período de revolución violenta de cuyos desenlaces solo podemos especular. Mas hoy en día, hombres tan representativos de la derecha rancia y neoliberal –ver Julio Borges-, reconocen, que su única alternativa es “sacar a Chávez del corazón de los venezolanos”, ergo, que mientras esto sea así ellos están fritos, ellos también lo necesitan y lo reconocen como presidente. Que es y fue una locura probada, sacar a flote abiertamente sus instintos fascistas y violentos, mucho menos a estas alturas. Para los que se ubican en el número “uno” de las tres realidades nombradas, su tarea ahora es hegemónica y de desgaste del personaje, su “régimen” y su proyecto socialista, para luego despacharlo “democráticamente” o “insurreccionalmente” (corrigiendo las fallas golpistas del 11-A) y con él toda posibilidad revolucionaria. Mientras tanto, aborrecido o no, el hombre es imprescindible. Es el “dictador reconocido” con cuyo entorno se presentan por cierto muy interesantes las posibilidades de alianza bajo mesa a lograr, aprovechando de hecho el enorme poder que guardan al interno de todo el aparato de estado. De todas formas, ya no hay ni masas ni hombres con capacidades golpistas certeras, ni instituciones que lo “saquen” con muy bien hicieron en su momento con CAP, cuando este se convirtió en una molestia. ¿Matarlo?, claro no faltan ganas, a lo mejor algún loco lo logre, pero seguro que en conjunto les aterroriza las consecuencias.

Distinto es el caso de los grandes “connotados” del universo chavista. Sabemos los que hemos tenido al menos algún roce con la mayoría de estos círculos, de la radical lejanía de estos con cualquier proyecto, sueño o experiencia de liberación real. Demasiados o casi todos, no han pasado ni un minuto de su vida en algo que se asemeje de cualquier manera a una lucha social o revolucionaria, así sea en el campo de las palabras o la mera posición ético-política. Sin embargo, ellos están allí, disfrutando del poder, constituyendo una maquinaria asombrosa de apoderamiento tanto de instituciones burocráticas, ministerios, Fuerza Armada, empresas de estado, del PSUV, y si ampliamos, también se han convertido en una capa muy importante del propio mundo empresarial y privado. Por más que algunos lo intenten o lo hayan pensado, un “chavismo sin Chávez” sería una tontería para ellos, más bien se la pasan acusando cualquier cosa que en su normal crítica al proceso se acerque mucho a develar el fondo de este “Dos” que se ha incrustado en esta historia, de contrarevolucionario, pequeñoburgués, anarquista, más una interminable suma de epítetos que terminan siempre en esto de que ¡esos son los que promulgan el “chavismo sin Chávez”!. También se han dado a conocer en los últimos tiempos a través de una sorpresiva resurrección de lo que llamamos el “stalinismo sin Stalin”. Ya son pocos los que se reconocen “reformistas” o más moderados como hace unos años, ahora les ha dado por una feroz contraofensiva dogmática y ultrista realmente patética. Tener a buen control el “partido” y el “estado” a lo mejor los inspira a hacer revivir cumbres mitológicas e ideológicas ya requemuertas y dejar las moderaciones, las tolerancias y las conciliaciones soñadas para otro momento menos fracturado como el de ahora. Pero más allá de las posibles locuras lo cierto es que esta segunda realidad no solo depende absolutamente de Chávez, siendo su liderazgo y su condición de presidente de vida o muerte para ellos, sino que se ha hecho evidente como han dispuesto toda la maquinaria publicitaria y mediática del estado en función del “culto a la personalidad” de Chávez y el “marketing” de la obra de gobierno, en forma cada vez más pesada y hasta peligrosa para ellos y el líder que endiosan. Una manera típicamente burocrática y conductista de imponer direcciones, legitimar gobiernos y colores políticos, la cual avanza en una línea de magnificación que va a la par del control que van ejerciendo sobre los aparatos de estado. Cosa que a su vez intensifica sus reflejos represivos, dentro del aparato de estado y hacia la sociedad, contra cualquier cosa que les mueva el piso o les dispute su campo de poder. Permite incluso entender algunas alianzas permisivas entre sectores chavistas y paramilitarismo a nivel regional. En fin, no hay salida para ellos, mientras mas rechazados son más “hiperchavistas” se vuelven, y a la vez, cada vez mas incapaces y desinteresados en recrear un sistema institucional liberal estable, impersonal, funcional, donde pueda ser posible, al menos en teoría, a un “pacto de élites” con la burguesía tradicional y toda la tramoya política opositora, lo cual –en teoría- debería decantar en un inmenso “pacto social”. En su condición de “burócratas sin piso” una salida de este tipo podría ser mortal y despacharlos a la final del poder. Por ello, mientras los que se hacen parte del “uno”, oligarcas y toda la “república liberal y burguesa” que representan, son profundamente “institucionalistas”, es su actual cantata ideológica, -de hecho su reiterada acusación a Chávez es que se trata en los hechos de un dictador que acaba con las instituciones- estos otros, los que hacen parte del “dos” de la república corporativa, burocrática y militarizada que representan como proyecto, son radicalmente “antiinstitucionalistas”, ellos son simplemente “chavistas” y no hay mas nada que discutir.

De todas formas, si efectivamente Chávez es una figura imprescindible para aquellos sectores que desde las cumbres se disputan el poder de estado y el manejo directo de la renta petrolera, esto no tiene nada de especial. Al menos por estas tierras americanas historias de este calibre ligadas al “hombre imprescindible” del momento se repiten decenas de veces desde hace doscientos años. Lo especial, y allí sí vale la pena comprender bien el papel y el propio comportamiento político de Chávez a nivel personal, es cómo, ese mismo líder ha podido ir mucho más allá de ser simplemente un líder populista y redentor que manipula las masas con su verbo. Lo interesante es cómo Chávez se convierte en un hombre imprescindible, o percibido como tal hasta hoy, para ese “tres”; para esa otra realidad que no es sólo “la pobreza” y las clases subalternas en general, sino que constituye un proyecto de realización material de una república autogobernante presidida por el movimiento popular menos administrado o no administrado por los aparatos de estado.

Para explicar este fenómeno, muchos de los que se han marchado del chavismo se lo explican por el lado de la burocratización y la misma corrupción que ha generado la participación directa o cercana a las direcciones de estado, por parte de muchos grupos y movimientos venidos del movimiento popular en sus versiones campesinas, comunitarias, obreras, etc. De manera oportunista o no, por supuesto que casi todas estas organizaciones se han convertido en filiales de alguna tribu de poder atada por su lado a alguno de los anillos presidenciales. Estos a su vez alimentan hacia abajo y en forma más directa el mito del “hombre imprescindible”, esta vez por razones de índole “revolucionario”: “sin Chávez no hay revolución”, “con Chávez todo, sin Chávez nada”, etc. Pero esto en sí mismo no explicaría nada ya que esta capacidad de captura y cooptación solo explica la propia realidad del chavismo, o más allá de él, aclararía cuál es uno de los socio-políticos más importantes sobre el cual se sostiene esa república corporativa burocrática y militarizada que hemos visto nacer en los últimos diez años. En definitiva esto solo explica la caída de buena parte del movimiento popular en su condición de “movimiento popular administrado”.

Lo interesante no es esto, el problema nuevamente no es subjetivo o de comportamiento moral de los sujetos políticos. El problema es que hay un desplazamiento efectivo de correlaciones de fuerza que en los últimos diez años ha ido generando las bases concretas de una “otra república” que absorbe a su vez a muchos, que pone a trabajar intelectual y manualmente, política y socialmente, a miles de individuos atravesados por el sueño bolivariano, socialista, libertario, una pulsión antagónica fortísima que de manera cada vez más crítica y autónoma se reclaman de esa cosa que llamamos “otra política”, de algo que no tiene nada que ver con democracias liberales, ni burocráticas ni endiosamientos de nadie, sino con la creación de espacios y territorialidades donde se viva un mundo de libres e iguales. Para ellos y ellas, independientemente de sus relaciones o no con el “chavismo” cristalizado en el estado, Chávez sigue siendo imprescindible a su proyecto. ¿Y lo es por qué?, ¿por simple caudillismo cultural?, ¿por ausencia de grados de autodeterminación como clase?. Algo de esto debe haber sin duda, pero no es lo principal, lo es porque Chávez es si se quiere el punto más psicótico de la propia preservación del sistema. Y es aquí donde él entra en forma personal y de manera determinante. Mientras que para las primeras dos repúblicas (oligárquica y corporativa) Chávez es básicamente un instrumento político usado directa o indirectamente a sus fines de dominio, para esta otra república Chávez es su propio verbo. Varias veces hemos insistido sobre este punto, hace poco el mismo Chávez lo repitió en un “Aló Presidente” donde dijo: “no es el pueblo el que me ha seguido a mí, soy yo el que ha seguido al pueblo”. ¿Qué dicen estas palabras más allá de las manipulaciones caudillescas de rigor?. Que el proyecto que defiende Chávez hunde su raíz fuera de él, fuera del mundo político que lo rodea, fuera del orden constituido, identificándose con las principales corrientes histórico-sociales de liberación gestadas desde los años sesenta hasta hoy, convirtiéndose él mismo en un disco repetitivo de principios y valores emancipatorios que desdoblan su potencia al ser divulgados y defendidos por un jefe de estado. Chávez optó, particularmente después de la derrota de la conspiración de derecha en el año 2004, por liberarse él del discurso liberal-republicano que lo llevó a la presidencia y optar por un “socialismo” apegado a todos los principales retos y deseos libertarios que sobrevuelan el movimiento revolucionario más avanzado hoy en día, preservando, como táctica de sobrevivencia propia, buena parte de los intereses mas oscuros del entramado burocrático y económico nacional. Un discurso así dentro de un estado con características tan corruptas, burocráticas y reaccionarias como el “estado real” que tenemos que soportar, se convierte en un hecho psicótico para el propio sistema, intragable para muchos, y en lugar de admiración de millones más allá de las fronteras. Tal nivel de autonomía que le ha dado Chávez a los contenidos de su propio discurso político, lo convierte entonces en un “imprescindible” para quienes desean materializarlo y se apoyan en él, siendo a la vez un reflejo concreto del desplazamiento de correlaciones de fuerza hacia abajo y hacia la izquierda a nivel nacional y continental que le abren posibilidades al desarrollo de tal autonomía.

Esa autonomía de palabras y discursos monopolizados en la persona de Chávez se convierte entonces en la condición última de la preservación del sistema. Algo que por supuesto tiene un límite en el tiempo y en la medida en que esas mismas palabras se van haciendo cada vez más lejanas a las realidades deseadas. Muchos dirán que el tiempo develará la demagogia de Chávez; prefiero decirlo de una manera muy distinta: Chávez ha creado una voz de liberación pero el tiempo nos probará a todos que aún con el poder de un presidente y el convencimiento del discurso, con políticas que desde los altos podrían parecerse mucho a la justicia reclamada, más allá del mundo simbólico y los grados de conciencia que esto pueda ayudar a recrear, hay una transformación revolucionaria que resolver fuera de Chávez y del estado que preside. Se trata de una encrucijada inevitable donde es el sistema el que entrará en cuestión.

Salvación y liberación

Concordamos entonces que independientemente de Chávez, sus intenciones y proyectos, el sistema ciertamente se está salvando, pero se salva profundizando su propia crisis, utilizando una vez más el mecanismo paternal, inventado en nuestro caso por el “gendarme necesario” Juan Vicente Gómez, de la distribución de la renta petrolera como mecanismo principal de sometimiento al orden impuesto y autoconservación del estado. En este caso, se ha tratado de garantizar el enganche con el orden constituido, de manera así sea formal, de realidades político-sociales abismalmente distintas y que no solo sólo intereses en pugna. Es decir, no son solo intereses materiales que luchan por imponer el suyo, sino proyectos de sociedad unidos a una visión de mundo y unas determinadas relaciones de poder. Es un auténtico conflicto político que ha puesto en crisis a todo el sistema y abre el proceso revolucionario. El orden bonapartista (otros lo llaman presidencialista, caudillista, democracia de cogollos, otros más intelectuales y finos hablan de “hiperliderazgo”) que fácilmente se impone a una sociedad que vive de la renta energética de la tierra, durante un buen tiempo, pasando por dictaduras o democracias altamente represivas, pudo “controlar y gobernar la realidad”, prácticamente a su antojo, rindiendo cuentas al gendarme norteño y teniendo cuidado siempre de los infaltables conspiradores y las pulsiones subversivas. Hoy en día esta capacidad es mucho más efímera. Tal control se “mediatiza”, se convierte en presencia permanente de la voz del líder, en respuesta televisada de quienes lo aborrecen, en uno que otro grito callejero de sus seguidores. No obstante, el sistema y la suma concreta de sus instituciones privadas y públicas, la máquina de estado propiamente, se desmantela a su interno, haciéndose altamente ingobernable y caótica, por mas folletos ideológicos, planes y proyectos de alto vuelo utópico, o de rastreras apetencias reaccionarias, que le inyectan dentro de sus discursos oficiales o a las interminables conspiraciones que secretamente se organizan todos los días en su propio seno para luego resonar dentro de las franquicias privadas de los medios. Y mientras tanto, mucho más abajo de toda resonancia de altura, “otro mundo” nace medio torcido y confundido, formalmente bastante “enganchado” a la renta sin duda, pero nace y a pesar de “ellos”.